Amaneció en Bogotá. Un cielo muy azul, sin nubes, un típico miércoles de julio. Son las seis de la mañana. En la plaza de Bolívar, pocas personas, algunos que se ejercitan en la ciclovía. Los vendedores que llegan con sus frutas, y ahora llega el hombre de los globos. Un viento delicioso y gélido se hace presente, formando pequeños remolinos con trozitos de hojas de los pocos árboles cerca de la plaza. Palomas vuelan de un lado a otro, buscando cositas para comer.
Todos los días Carla iba sola a su trabajo. Empezaba su día así: salía de su casa, un apartamiento sencillo en el centro de la ciudad, seguía la Carrera 9 y cruzaba la plaza hacia la Calle 10. Pasaba por la Capilla del Sagrario, rogaba a Dios su protección diaria y iba hacia el Museo Militar, donde en frente se ubicaba su oficina. Era uma mujer hermosa, todos le fijaban mirada por donde pasaba, pues era nítido que no era colombiana, por su manera y caminar diferentes. Era arquitecta, tenía un talento increible, sabía crear y hacer de las dificuldades las mejores oportunidades para ascensión. Trabajaba muchisimo, no salía de la oficina antes de la puesta del sol.
Ella estaba dentro de sus pensamientos, haciendo el planeamiento de un día más de trabajo, portando en los brazos miles de hojas con sus proyectos. Se distraió un rato y un viento fuerte le lamió las hojas sueltas y las hizo volar en medio a la plaza. Las palomas que allí estaban se asustaron con las que todavía bailaban en el aire, volando para lejos, y despues volviendo, sin vergüenza que son. Carla se rió y se puso a recoger las hojas, cada una más lejos que la otra, haciendo un ejercicio mañanero que no costumbraba hacer. Mientras se reía, fue ayudada por un hombre sin que lo percebera.
Cuando terminó, bajandose al suelo para recoger la ultima hoja, la mano del hombre tocó a su brazo. Su risa se cerró como sus ojos. Lo reconoció. La sangre se huyó de su faz, que de rosada se volvió blanca; empezó a temblar y acordar de cosas que ya estaban sepultadas.
Gustavo. Qué diablos este hombre estaba haciendo en Bogotá? No, hagamos la pregunta de nuevo: ¿Qué diablos él estaba haciendo en Colombia, Dios? El temblor de Carla no cesaba. Vinieron a su memoria los mejores y peores recuerdos de su vida al lado de él, en aquellos microsegundos en que miraba la faz ahora sufrida de él.
Él la conoció em Lisboa, ciudad donde ella nació y siempre había vivido. Él era ingeniero civil, argentino, hablaba portugués con dificuldad. Como los dos iban a trabajar en el mismo proyecto, Carla lo ayudó con la lengua, y ya sabemos que el lenguaje del amor es universal. Lo fue a primera vista.
Gustavo sabía que solo iba a quedarse em Lisboa por dos años en aquel proyecto, por eso no empezaron una pareja de inmediato sino al cabo de seis meses. La pasión fue más fuerte que todo, hasta que la compañía porteña lo llamó de vuelta. Él quería quedarse con Carla, y la pidió em matrimonio. Ella no hablaba bien el español, pero cuando su suegra les llamaba al teléfono, ella no la comprendía, y de lejos la madre de Gustavo la ayudaba. Y se fueron así a Buenos Aires.
Tuvieron un hijito, Guillermo, que se murió de leucemia a los dos años de edad. No que hubieran sido malos padres, pero la enfermedad fue tan fulminante que no los dió tiempo de reaccionar, solo pudieron dar al hijo un ratito de vida digno y una muerte serena.
Ah, el dolor de una madre! El peor dolor para un ser humano, la “orfanidad” de un hijo. Carla no fue más la misma. No logró más trabajar, tenía depresión, palpitaciones, trastorno de pánico, fiebre sicológica. Todos los días soñaba con él, a veces él le aparecía llorando, sentiendo el dolor del tratamiento de la leucemia; de otras veces lo veía en el cielo, cándido, como un angelito, diciendo que estaba bien, que Dios le cuidaba y que igual iba a cuidar de su papá y su mamacita amada.
Aún muchos meses despues todos los días Carla visitaba la habitación de Guillermo, lo veía a dormir, acercabase de la camita, pasaba las manos por las sábanas, sentíales el olor, abrazaba las almohadas. Lloraba y volvía a su habitación, donde la esperaba un Gustavo cada vez más seco y sin ganas para nada. Ella no sabía si él estaba así aún por la pérdida del hijo o si ya no la amaba más.
Así lo fue por dos años tras la muerte del niño. A veces Carla estaba tranquilla, calma, a veces se desesperaba, pero luego todo se volvía al normal. Perturbada y cansada, solo tenía en Gustavo y su madre el apoyo que necesitaba para mantenerse viva, pues a veces no tenía ni hambre ni sed.
Carla lo fue superando de poco en poco. Casi tres años despues, cuando pensaba ya estar lista para retomar la vida y trabajar, pila que era, un nuevo golpe se hizo en su vida. Gustavo no suportaba más toda aquella situación. Pidió a Carla que volviera a Portugal, que no podría más quedarse con ella, que ya amaba a otra mujer, que ya se había acostado con la otra. Decía que Carla ahora era una mujer sin vida y sin fuerzas, y que debería irse porque ya no podría más mirarle en sus ojos, porque no aprendió a amarla verdaderamente como lo creía en el comienzo, que todo fue solo pasión, pero ahora ya no más existía.
Ella se quedó en choque. No creía que aquel mismo hombre que le sacó de Portugal, tan cariñoso, inteligente, guapo y gentil la estaba haciendo de idiota. Llegó a pensar que era una broma, solo un juguete de él para intentar salvarles la pareja. Pero no. No podía creer que él la estaba abandonando despues de años juntos enfrentando las dificuldades. Cierto, tras la tragedia los dos no fueron más los mismos. Y eso ya no lo era así. Empezó a pensar en sus valores, había cambiado de país, de cultura, de idioma por este hombre. No creía que hubiera salido de Portugal en vano y dejado a sus padres, amigos, su gente por algo que no valera la pena. No logró hacer nada sino decir a Gustavo que todo bien, que se iba, pero él nunca más volvería a verla. Preparó las maletas y se fue, sin decir a nadie su destino tampoco cuando iría. No lloró en aquel rato, pero en el avión, sí, lloró como un niño. Todo estaba acabado.
Cumplió su promesa no volviendo a Portugal, porque sabía que era seguro si Gustavo se arrepentiera, allí sería el primero lugar en que la buscaría. Fue, entonces, para Sao Paulo, Brasil, donde creía que no tería dificuldades de integración, ya que podería obtener trabajo sin la barrera del idioma. Como era una gran y talentosa profesional y muy pila, luego conoció a dos arquitectas cheveres, que le ayudaron de pronto. Alquilaron un apartamiento pequeño y dividían las cuentas. En un rato las tres ya tenían una oficina propia, y así Carla pudo salir de esse apartamiento para otro mayor y más confortable.
Pero algo decía a Carla que su corazón no estaba en Argentina, Brasil o Portugal. Sabía que no debería volver allá. Rogaba a Dios que le diera una luz, un nuevo trabajo, un nuevo proyecto. Y sabía esperar, sabía que su hora iba a llegar.
Cuando menos lo esperaba, conoció a una ingeniera que le hizo una propuesta irrecusable. Era un proyecto de dos años en Bogotá, con buenas posibilidades de remuneración. Carla no pensó dos veces. Agradeció a las amigas por todo y se fue para Colombia dentro en quince días.
Su corazón se calmó solo al pisar el suelo de El Dorado, en la salida del aeropuerto. Sentió el aire de la montaña, lo respiró profundamente, un sentimiento de paz le invadió el alma. Estaba en el lugar cierto.
Realmente la propuesta de la ingeniera era todo y hasta más de lo que pensaba. La compañía le ofreció buenas condiciones, fue bien recibida por los compañeros de trabajo. Tras un año logró comprar su apartamiento, se enamoró de la ciudad y ahora no la dejaría más. Hubiera encontrado su corazón en aquella gente sencilla y trabajadora de Colombia. Superó a la muerte de Guillermo, la salida de Argentina, la separación de Gustavo. Fue feliz en Brasil, pero ahora lo era aún más en Bogotá. Trabajaba con dedicación y no pensó más en volver a Portugal.
Mientras tanto, la compañía porteña envió a Gustavo para otro trabajo en el extranjero. Desta vez en Colombia. Estaba en Barranquilla y, tras el fin de la obra, ahora estaba en paseo por la capital colombiana.
Cuando Carla se bajó para recoger la ultima hoja, su rostro se elevó en el mismo nivel de lo de Gustavo, que también la recogía. Los ojos de él se llenaron de lagrimas. Ella añadió esta a las otras hojas que ya portaba en el brazo. Él la miró con ternura, le tocaba el brazo, hablaba un portugués nitidamente ya olvidado, con acento porteño, intentando hacerse comprender. Carla solo lo miraba, seria, mientras él hablaba de su amor. Le pidió perdón, quería volver a vivir con ella, sabía que ella era la única mujer a quién verdaderamente hubiera amado. Ella no le dijo nada, no contestó, no lloró. Una mezcla de odio y desprecio le tomó el corazón.
Simón Bolívar les fue testigo. En el corazón de Carla el desprecio crecía aún más. Miró de nuevo a la faz sufrida de Gustavo. Hizo un gesto para que él no la tocara. Salió de su presencia, en disparada por la Carrera 7, dejando que las hojas sueltas volaran por toda la plaza de Bolívar con el gélido viento bogotano de las montañas.
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quinta-feira, 19 de dezembro de 2013
quarta-feira, 7 de novembro de 2012
Proibido estacionar
Já não estava aguentando mais todos os dias ter dificuldade
para passar com o ônibus naquela maldita esquina. Era sempre no último horário,
quando eu já me preparava para fechar a viagem e entregar o veículo na garagem.
E aquela maldita esquina atrapalhando meu caminho a cinco quadras do ponto
final.
* * *
Poderia pedir para trocar de linha, mas era cômoda para mim,
pois a garagem era perto de casa. Cheguei a pedir para trocar de horário, porém
não havia outro motorista disponível para assumir o meu lugar.
Tudo começou por causa de um boteco que abriram ali. Tinha
boa música (na concepção deles), atraía muita gente. Por causa do movimento, outro
boteco abriu ao lado, este com videokê. Para piorar a situação, uma igreja
evangélica em frente, cujo culto começava exatamente na hora de maior movimento
dos dois bares. Resultado: carros estacionados dos dois lados e na rua
perpendicular, o que me impedia de virar a esquina com o ônibus.
Ganhei o apelido de “estressadinho” de tanto buzinar para as
pessoas tirarem seus carros dali. Ah, e não pense, caro leitor, que eu não
tentei. Falei com a empresa de trânsito da cidade várias vezes e eles
simplesmente ignoram meu pedido de colocar algumas placas de “proibido
estacionar” ali.
Pois bem. Um dia o estressadinho aqui se cansou.
Trabalhei
normalmente o dia inteiro, só pensando na hora de passar pela maldita esquina. Paro um quarteirão antes e admiro ao longe aquela
quantidade de Chevette, Brasília, Corcel, Passat quadrado, só aquelas coisas
horrorosas e cheias de massa e ferrugem que o vulgo convenciona chamar de
carro, de um lado e de outro na rua.
Parei o ônibus. Havia nele uns dez passageiros, que começaram
a reclamar. Ignorei. Certifiquei-me de que não havia nenhuma criança por perto.
Gritei para os passageiros: “vou
arrastar este busão na lateral daqueles carros. Quem quiser participar, se
segure. Quem não quiser, pode descer.”
Dois corajosos ficaram. Acelerei o máximo que pude e soltei.
Fui levando retrovisor, porta, para-lama, fazendo ziguezague, aí atingia os carros
do outro lado também. Eu ria, estava me divertindo. Não matei ninguém, nem
queria, mas desta vez eu consegui dobrar a esquina sem buzinar!
Putz, acordei assustado e suando em bicas. Nossa, nunca imaginei que meu estresse me levaria a um sonho desses. Tudo bem, ainda bem que
foi só um sonho. Levantei-me e lavei o rosto para ir à padaria. Minha mulher se
animou e decidiu ir comigo.
Assustamo-nos com a quantidade de viaturas no bairro àquela
hora da manhã. Na certa haviam matado algum traficante, coisa assim. Fomos
andando mais um pouco e vimos um monte de carros destruídos e lá na frente o
meu ônibus, o veículo no qual trabalho, totalmente arrebentado na frente e nas laterais.
Pedaços de para-choque, vidros, retrovisores, tudo espalhado
pela rua. E lá na maldita esquina a equipe da empresa de trânsito instalando
uma placa de proibido estacionar.
sábado, 3 de dezembro de 2011
Navio pirata
- Gooooooooooooooooooooooooooooooooollllllllllllll!! - escuta-se da televisão e em seguida um baque surdo.
- Merda de time! - diz o homem, ao descer um soco no braço do sofá e espalhando pipocas pela sala. Atira-as contra a tevê e continua gritando. - Pipoqueiros! É isso que todos vocês são! Uns pipoqueiros!
- Navio pirata, - diz a esposa.
- Navio pirata?
- É, mãos de gancho, venda nos olhos e um bando de pernas de pau, haha! E só um balaço para afundar!
Pausa para a cara dele: hmmmff!
Não conseguia até hoje, mesmo depois de tantos anos, processar que a esposa torcia para outro time. Quanto mais tentava convencê-la a torcer para o seu, mais ela ia ao estádio com a galera do time dela. E ela ia mais ao estádio que ele. Nunca discutiram por causa do futebol e até apoiavam o time um do outro se fosse o caso. E quando os dois times se enfrentavam, nem conversavam. No estádio, cada um na sua torcida, e sem comentários depois do jogo - regras estabelecidas desde o tempo do namoro.
O time dela não era de tanto prestígio da mídia, embora fosse mais antigo. Então ela acompanhava pelo rádio quando não transmitiam pela tevê. Certa feita, houve uma partida simultânea de ambos em cidades diferentes. Estavam em casa, ele assistia ao dele enquanto ela escutava o dela. Em um dado momento, o time dele tomou um gol, ao mesmo tempo em que o dela fez um. Obviamente, ela gritou de felicidade. E ele, achando ruim:
- Por que você está festejando o gol, hein?
- Ah, vá se ferrar! Foi gol do meu time, ora!
Rosnaram um para o outro e assim seguiram as partidas: o time dele perdeu e o dela empatou. Normal e esperado para aquele campeonato de piratas, como ela mesma dizia.
Embora tantas outras cenas engraçadas tenham sido protagonizadas pelos dois, a esposa sentia que ele preenchia seu vazio com o futebol. Não sabia exatamente o que era, parecia uma frustração de longa data. E, no fundo, até torcia contra o time dele, não por serem oponentes, mas porque sabia que o marido precisava se desencantar com aquilo, que perder e empatar fazem parte do esporte, e não era quebrando o braço do sofá que os piratas iam ganhar, tampouco o presidente do clube iria pagar seu cardiologista. Ela não sofria porque sabia o que esperar. Ele sofria e personificava o verdadeiro significado de torcer: a camisa na mão, torcendo-a exasperado.
Mais um clássico e lá se vão os dois de novo para o estádio. Cada um na sua torcida, mais uma vez. A torcida do time dela ocupava dez por cento do estádio, o dele os outros noventa. Sem muito brilho no primeiro tempo, jogadores vão para o vestiário carregando um 0 x 0. Nas arquibancadas, unhas roídas dos dois lados. Já o casal podia se ver, pois estavam próximos das grades que separavam as duas torcidas. Mandavam beijinhos um para o outro.
Começa o segundo tempo e a coisa vai ficando mais tensa. Aos quarenta e dois minutos, o único gol da partida foi comemorado até com lágrimas pela pequena torcida. Aponta o centro do campo o juiz, final de jogo. Davi 1 x 0 Golias. Um jejum quebrado.
No estacionamento, ela radiante após a vitória; ele arrasado, a derrota estampada na cara e com a nítida sensação de que sua camisa perdia o brilho. Ambos se entreolhavam enquanto os outros torcedores iam passando por eles. Mal podia acreditar que depois de tantos anos o time da esposa fora capaz de vencer o seu. Imaginou, nesses dez metros que o separavam, que ela iria dizer tudo o que ficou entalado na garganta durante este tempo. Que iria rir da sua cara, que lhe faria gracejos pelo resto da semana.
Ele sorria sem graça. Não aguentaria ser zombado. Travava um conflito interno enorme: não queria que fosse a primeira vez que ia discutir com a esposa por causa do futebol, mas se ela fizesse alguma gozação... Não, não podia pensar nisso. Continuava olhando a esposa, sem coragem de se aproximar. Tremia, pensando no que será que ela falaria, não queria brigar com ela. Mas estava revoltado. O time dele perdeu e agora ele estava nas mãos dela.
Alguns torcedores pararam para ver a cena, as camisas distintas se encontrando ali fora, prontos para apartar uma possível confusão - ou tomar parte dela. Fotógrafos e polícia a postos. Ela, mesmo sorrindo marotamente e louca para rir, então, tomou coragem e foi se aproximando dele. Deu-lhe um beijo demorado, secou-lhe o suor da testa com a faixa que ele trazia na mão e disse:
- Vamos para casa. Hoje você merece uma massagem.
- Você não vai rir de mim?
- Não. Amanhã vou rir com você quando, no lugar desse navio pirata, esta nossa foto for eternizada na capa do caderno de esportes.
- Merda de time! - diz o homem, ao descer um soco no braço do sofá e espalhando pipocas pela sala. Atira-as contra a tevê e continua gritando. - Pipoqueiros! É isso que todos vocês são! Uns pipoqueiros!
- Navio pirata, - diz a esposa.
- Navio pirata?
- É, mãos de gancho, venda nos olhos e um bando de pernas de pau, haha! E só um balaço para afundar!
Pausa para a cara dele: hmmmff!
Não conseguia até hoje, mesmo depois de tantos anos, processar que a esposa torcia para outro time. Quanto mais tentava convencê-la a torcer para o seu, mais ela ia ao estádio com a galera do time dela. E ela ia mais ao estádio que ele. Nunca discutiram por causa do futebol e até apoiavam o time um do outro se fosse o caso. E quando os dois times se enfrentavam, nem conversavam. No estádio, cada um na sua torcida, e sem comentários depois do jogo - regras estabelecidas desde o tempo do namoro.
O time dela não era de tanto prestígio da mídia, embora fosse mais antigo. Então ela acompanhava pelo rádio quando não transmitiam pela tevê. Certa feita, houve uma partida simultânea de ambos em cidades diferentes. Estavam em casa, ele assistia ao dele enquanto ela escutava o dela. Em um dado momento, o time dele tomou um gol, ao mesmo tempo em que o dela fez um. Obviamente, ela gritou de felicidade. E ele, achando ruim:
- Por que você está festejando o gol, hein?
- Ah, vá se ferrar! Foi gol do meu time, ora!
Rosnaram um para o outro e assim seguiram as partidas: o time dele perdeu e o dela empatou. Normal e esperado para aquele campeonato de piratas, como ela mesma dizia.
Embora tantas outras cenas engraçadas tenham sido protagonizadas pelos dois, a esposa sentia que ele preenchia seu vazio com o futebol. Não sabia exatamente o que era, parecia uma frustração de longa data. E, no fundo, até torcia contra o time dele, não por serem oponentes, mas porque sabia que o marido precisava se desencantar com aquilo, que perder e empatar fazem parte do esporte, e não era quebrando o braço do sofá que os piratas iam ganhar, tampouco o presidente do clube iria pagar seu cardiologista. Ela não sofria porque sabia o que esperar. Ele sofria e personificava o verdadeiro significado de torcer: a camisa na mão, torcendo-a exasperado.
Mais um clássico e lá se vão os dois de novo para o estádio. Cada um na sua torcida, mais uma vez. A torcida do time dela ocupava dez por cento do estádio, o dele os outros noventa. Sem muito brilho no primeiro tempo, jogadores vão para o vestiário carregando um 0 x 0. Nas arquibancadas, unhas roídas dos dois lados. Já o casal podia se ver, pois estavam próximos das grades que separavam as duas torcidas. Mandavam beijinhos um para o outro.
Começa o segundo tempo e a coisa vai ficando mais tensa. Aos quarenta e dois minutos, o único gol da partida foi comemorado até com lágrimas pela pequena torcida. Aponta o centro do campo o juiz, final de jogo. Davi 1 x 0 Golias. Um jejum quebrado.
No estacionamento, ela radiante após a vitória; ele arrasado, a derrota estampada na cara e com a nítida sensação de que sua camisa perdia o brilho. Ambos se entreolhavam enquanto os outros torcedores iam passando por eles. Mal podia acreditar que depois de tantos anos o time da esposa fora capaz de vencer o seu. Imaginou, nesses dez metros que o separavam, que ela iria dizer tudo o que ficou entalado na garganta durante este tempo. Que iria rir da sua cara, que lhe faria gracejos pelo resto da semana.
Ele sorria sem graça. Não aguentaria ser zombado. Travava um conflito interno enorme: não queria que fosse a primeira vez que ia discutir com a esposa por causa do futebol, mas se ela fizesse alguma gozação... Não, não podia pensar nisso. Continuava olhando a esposa, sem coragem de se aproximar. Tremia, pensando no que será que ela falaria, não queria brigar com ela. Mas estava revoltado. O time dele perdeu e agora ele estava nas mãos dela.
Alguns torcedores pararam para ver a cena, as camisas distintas se encontrando ali fora, prontos para apartar uma possível confusão - ou tomar parte dela. Fotógrafos e polícia a postos. Ela, mesmo sorrindo marotamente e louca para rir, então, tomou coragem e foi se aproximando dele. Deu-lhe um beijo demorado, secou-lhe o suor da testa com a faixa que ele trazia na mão e disse:
- Vamos para casa. Hoje você merece uma massagem.
- Você não vai rir de mim?
- Não. Amanhã vou rir com você quando, no lugar desse navio pirata, esta nossa foto for eternizada na capa do caderno de esportes.
quinta-feira, 24 de fevereiro de 2011
Voz de sol
- Bom dia, dona Rosa!
- Bom dia, menina doutora! A senhora 'tá boa?
- Eu estou ótima! A senhora está com tempo hoje? - brincou. - Queria anotar aquelas quadrinhas que a senhora recitou semana passada. Achei tão lindas!
- Ah, sim, eu posso.
- Então está bem, vou lá dentro fazer as minhas anotações e volto logo.
Márcia, a fisioterapeuta, acabara de chegar naquela manhã ao asilo em que trabalhava havia pouco tempo. Cumprimentou dona Rosa, uma das internas, e como de costume, a velha e cega senhora sempre recitava uma quadrinha. Na semana anterior, dona Rosa havia recitado uma série delas sobre a natureza e o que o homem vinha fazendo com ela, o que encantou Márcia, pela expressividade, emoção e principalmente a criatividade, já que muitas vinham naturalmente como para os repentistas. A fisioterapeuta entrou então na sala de enfermagem e começou a fazer anotações. Fazia o planejamento terapêutico de cada um dos internos e os acompanhava em suas dificuldades de movimento e equilíbrio.
De repente, uma auxiliar de cozinha invade a sala de enfermagem e grita:
- Doutora, pelo amor de Deus! A dona Rosa 'tá passando mal!
Márcia não teve tempo de pensar muito. Além de uma enfermeira, era a única profissional de saúde que estava na casa naquele momento. Largou as anotações sobre a mesa e foi em disparada ao pátio onde, cinco minutos atrás, dona Rosa estava tomando sol. Ao chegar, viu dona Rosa caída no chão, com a respiração pouco ritmada, quase ausente, lutando pela vida. Ligaram para a emergência.
Estetoscópio. Esfigmomanômetro. Coração.
Cada segundo era precioso. Enquanto o serviço de emergência não chegava, a fisioterapeuta e a enfermeira começaram uma corrida contra o tempo, um ritmo frenético, rasgando com uma faca a blusa e o sutiã da senhora, e alternando-se entre massagem cardíaca e respiração boca a boca. A auxiliar de cozinha trouxe um espelho de Glatzel, para conferir se a senhora ainda respirava. O halo que se formava com o ar era cada vez menor. A respiração cada vez mais fraca. Dona Rosa a cada momento mais distante.
Estetoscópio. Espelho. Coração.
Foram exatos dezoito minutos que se passaram em dois. Ao mesmo tempo, os mais longos da vida de Márcia, que nunca tinha visto alguém morrendo. A sensação ímpar de impotência. A vida escorrendo por entre seus dedos.
Coração.
Finalmente, a velha senhora sucumbiu. As duas profissionais se levantaram e contemplaram, em silêncio, o cadáver por alguns minutos. A emergência então, chegou, e, nada mais havendo a fazer, registrou-se o óbito. Márcia buscou um cobertor e, junto com a enfermeira, improvisou uma rede. Carregaram o corpo para o quarto de dona Rosa, deitaram-na em sua cama e lhe cobriram com um lençol.
Por duas vezes Márcia voltou ao quarto e observava o corpo inerte. Da primeira, levantou o tecido e fechou os olhos da senhora. Da segunda, sentou-se ao seu lado e pensava. Pensava. As quadrinhas. A vida. Cinco minutos. Que manhã, meu Deus! Depois de tanto esforço, finalmente estava mais calma, mas ainda em choque. Foi para casa. Não conseguiu almoçar, não conseguia falar. Passou o resto do dia sentindo dores de cabeça e de estômago. Enquanto isso, a administração do asilo foi comunicada, tomando todas as providências para o enterro no dia seguinte.
Márcia fez vômito por toda a noite. Conseguiu dormir lá pelas cinco da manhã. Acordou passando muito mal ainda, e mesmo assim foi ao cemitério, embora todos lhe dissessem que não fosse. Mas tinha que ver o corpo de dona Rosa baixando à sepultura. Precisava acreditar que tudo estava terminado, e só vendo as coroas de flores sobre o túmulo e aquela caminhada silenciosa da saída de um funeral é que teria a certeza de que fizera sua parte.
No cemitério, o enterro foi sem aqueles antipáticos e falsos discursos, com pouca gente, só os administradores e os profissionais de saúde do asilo. Apenas o padre falava, encomendava o corpo e fazia as orações necessárias. Márcia estava próxima dos pés de dona Rosa. Olhava sua face serena e pensava em tudo que dona Rosa lhe contara sobre sua vida. Interessante pensar que nem todo mundo em asilo é abandonado, porque esta é a primeira ideia que vem à cabeça das pessoas. Ali a velha senhora estava porque lhe faltava companhia e alguém que cuidasse dela. Um glaucoma não tratado a deixou cega e, sozinha no mundo, para onde iria?
Cerrado o caixão, a fisioterapeuta acompanhava em silêncio a descida do ataúde. Um gaiato comentava ao seu lado, sem saber de quem se tratava:
- Dizem que ela morreu nos braços da fisioterapeuta.
Márcia, irritada, respondeu, sílaba por sílaba:
- Moço, pelo amor de Deus, fica quieto!
O homem ficou sem jeito e se afastou, assim como as outras pessoas. Márcia ficou sozinha e sentou-se no chão. Saiu dali só depois de cada pá de cal e cada punhado de terra posto em seu lugar, assim como todas as coroas de flores organizadas sobre o túmulo recém coberto. Não chorava. Não reagia. Apenas seu estômago acompanhava o movimento com revoluções que a deixavam pior. Levantou-se e caminhou devagar até a saída do cemitério, onde vomitou mais uma vez. Tomou um táxi e foi para casa, pediu à mãe um remédio para o estômago e outro para dormir e desvaneceu no sofá.
Como era de se esperar, sonhou com o dia pesado que teve. Ouvia dona Rosa recitar as quadrinhas, mas não conseguia guardá-las, não podia anotá-las. A senhora estava feliz. Feliz como era em vida. A velhice não é tão ruim como muitos pregam. E dona Rosa era, sim, muito feliz, porque tinha um sol, um sol que lhe aquecia e que tinha voz. E com essa voz de sol é que se aproximou de Márcia, num campo muito verde, para dizer-lhe muitas coisas. A jovem não conseguia definir muito bem o que dizia, só ao final conseguiu escutar, ao ser tocada no ombro pela senhora. Passando as mãos através do cabelo de Márcia, dona Rosa disse:
- Menina doutora! A senhora é tão nova... ainda falta muito para entender tudo. Falta muito para entender o que é o amor, o que é ter alguém ao seu lado. Eu fui para o asilo porque já não tinha família de sangue. Meu útero seco só pôde gerar uma filha, minha única filha, e que morreu junto com meu neto num acidente. Meu marido, depois de tantos anos, também morreu, era a hora dele. Chega a hora de todo mundo um dia. Mas eu vivi sim, menina. Sei que você tentou. Não se preocupe, eu estou bem, era minha hora mesmo, não se sinta culpada. E eu sinto o sol, como sentia quando você se aproximava. Sei do seu carinho, menina. E sei também que lhe falta alguém que a ame que não só os seus pais. Do jeito que você é, só alguém que tenha asas na alma. Que seja seu sol, de quem você sinta o calor. Ah, menina Márcia! Eu queria apenas ter visto mais vestígios de sol! Mas fiquei cega, e só pude sentir seu calor. Calor igual de abraço. Apesar de sentir, sol a gente não ouve, né? Do meu marido eu ouvia sim. Todos os dias ele me dizia que eu era linda.
- Bom dia, menina doutora! A senhora 'tá boa?
- Eu estou ótima! A senhora está com tempo hoje? - brincou. - Queria anotar aquelas quadrinhas que a senhora recitou semana passada. Achei tão lindas!
- Ah, sim, eu posso.
- Então está bem, vou lá dentro fazer as minhas anotações e volto logo.
Márcia, a fisioterapeuta, acabara de chegar naquela manhã ao asilo em que trabalhava havia pouco tempo. Cumprimentou dona Rosa, uma das internas, e como de costume, a velha e cega senhora sempre recitava uma quadrinha. Na semana anterior, dona Rosa havia recitado uma série delas sobre a natureza e o que o homem vinha fazendo com ela, o que encantou Márcia, pela expressividade, emoção e principalmente a criatividade, já que muitas vinham naturalmente como para os repentistas. A fisioterapeuta entrou então na sala de enfermagem e começou a fazer anotações. Fazia o planejamento terapêutico de cada um dos internos e os acompanhava em suas dificuldades de movimento e equilíbrio.
De repente, uma auxiliar de cozinha invade a sala de enfermagem e grita:
- Doutora, pelo amor de Deus! A dona Rosa 'tá passando mal!
Márcia não teve tempo de pensar muito. Além de uma enfermeira, era a única profissional de saúde que estava na casa naquele momento. Largou as anotações sobre a mesa e foi em disparada ao pátio onde, cinco minutos atrás, dona Rosa estava tomando sol. Ao chegar, viu dona Rosa caída no chão, com a respiração pouco ritmada, quase ausente, lutando pela vida. Ligaram para a emergência.
Estetoscópio. Esfigmomanômetro. Coração.
Cada segundo era precioso. Enquanto o serviço de emergência não chegava, a fisioterapeuta e a enfermeira começaram uma corrida contra o tempo, um ritmo frenético, rasgando com uma faca a blusa e o sutiã da senhora, e alternando-se entre massagem cardíaca e respiração boca a boca. A auxiliar de cozinha trouxe um espelho de Glatzel, para conferir se a senhora ainda respirava. O halo que se formava com o ar era cada vez menor. A respiração cada vez mais fraca. Dona Rosa a cada momento mais distante.
Estetoscópio. Espelho. Coração.
Foram exatos dezoito minutos que se passaram em dois. Ao mesmo tempo, os mais longos da vida de Márcia, que nunca tinha visto alguém morrendo. A sensação ímpar de impotência. A vida escorrendo por entre seus dedos.
Coração.
Finalmente, a velha senhora sucumbiu. As duas profissionais se levantaram e contemplaram, em silêncio, o cadáver por alguns minutos. A emergência então, chegou, e, nada mais havendo a fazer, registrou-se o óbito. Márcia buscou um cobertor e, junto com a enfermeira, improvisou uma rede. Carregaram o corpo para o quarto de dona Rosa, deitaram-na em sua cama e lhe cobriram com um lençol.
Por duas vezes Márcia voltou ao quarto e observava o corpo inerte. Da primeira, levantou o tecido e fechou os olhos da senhora. Da segunda, sentou-se ao seu lado e pensava. Pensava. As quadrinhas. A vida. Cinco minutos. Que manhã, meu Deus! Depois de tanto esforço, finalmente estava mais calma, mas ainda em choque. Foi para casa. Não conseguiu almoçar, não conseguia falar. Passou o resto do dia sentindo dores de cabeça e de estômago. Enquanto isso, a administração do asilo foi comunicada, tomando todas as providências para o enterro no dia seguinte.
Márcia fez vômito por toda a noite. Conseguiu dormir lá pelas cinco da manhã. Acordou passando muito mal ainda, e mesmo assim foi ao cemitério, embora todos lhe dissessem que não fosse. Mas tinha que ver o corpo de dona Rosa baixando à sepultura. Precisava acreditar que tudo estava terminado, e só vendo as coroas de flores sobre o túmulo e aquela caminhada silenciosa da saída de um funeral é que teria a certeza de que fizera sua parte.
No cemitério, o enterro foi sem aqueles antipáticos e falsos discursos, com pouca gente, só os administradores e os profissionais de saúde do asilo. Apenas o padre falava, encomendava o corpo e fazia as orações necessárias. Márcia estava próxima dos pés de dona Rosa. Olhava sua face serena e pensava em tudo que dona Rosa lhe contara sobre sua vida. Interessante pensar que nem todo mundo em asilo é abandonado, porque esta é a primeira ideia que vem à cabeça das pessoas. Ali a velha senhora estava porque lhe faltava companhia e alguém que cuidasse dela. Um glaucoma não tratado a deixou cega e, sozinha no mundo, para onde iria?
Cerrado o caixão, a fisioterapeuta acompanhava em silêncio a descida do ataúde. Um gaiato comentava ao seu lado, sem saber de quem se tratava:
- Dizem que ela morreu nos braços da fisioterapeuta.
Márcia, irritada, respondeu, sílaba por sílaba:
- Moço, pelo amor de Deus, fica quieto!
O homem ficou sem jeito e se afastou, assim como as outras pessoas. Márcia ficou sozinha e sentou-se no chão. Saiu dali só depois de cada pá de cal e cada punhado de terra posto em seu lugar, assim como todas as coroas de flores organizadas sobre o túmulo recém coberto. Não chorava. Não reagia. Apenas seu estômago acompanhava o movimento com revoluções que a deixavam pior. Levantou-se e caminhou devagar até a saída do cemitério, onde vomitou mais uma vez. Tomou um táxi e foi para casa, pediu à mãe um remédio para o estômago e outro para dormir e desvaneceu no sofá.
Como era de se esperar, sonhou com o dia pesado que teve. Ouvia dona Rosa recitar as quadrinhas, mas não conseguia guardá-las, não podia anotá-las. A senhora estava feliz. Feliz como era em vida. A velhice não é tão ruim como muitos pregam. E dona Rosa era, sim, muito feliz, porque tinha um sol, um sol que lhe aquecia e que tinha voz. E com essa voz de sol é que se aproximou de Márcia, num campo muito verde, para dizer-lhe muitas coisas. A jovem não conseguia definir muito bem o que dizia, só ao final conseguiu escutar, ao ser tocada no ombro pela senhora. Passando as mãos através do cabelo de Márcia, dona Rosa disse:
- Menina doutora! A senhora é tão nova... ainda falta muito para entender tudo. Falta muito para entender o que é o amor, o que é ter alguém ao seu lado. Eu fui para o asilo porque já não tinha família de sangue. Meu útero seco só pôde gerar uma filha, minha única filha, e que morreu junto com meu neto num acidente. Meu marido, depois de tantos anos, também morreu, era a hora dele. Chega a hora de todo mundo um dia. Mas eu vivi sim, menina. Sei que você tentou. Não se preocupe, eu estou bem, era minha hora mesmo, não se sinta culpada. E eu sinto o sol, como sentia quando você se aproximava. Sei do seu carinho, menina. E sei também que lhe falta alguém que a ame que não só os seus pais. Do jeito que você é, só alguém que tenha asas na alma. Que seja seu sol, de quem você sinta o calor. Ah, menina Márcia! Eu queria apenas ter visto mais vestígios de sol! Mas fiquei cega, e só pude sentir seu calor. Calor igual de abraço. Apesar de sentir, sol a gente não ouve, né? Do meu marido eu ouvia sim. Todos os dias ele me dizia que eu era linda.
terça-feira, 8 de fevereiro de 2011
Batom líquido
Há uma história da minha infância de que eu gosto muito, que foi quando eu comecei a gostar de maquiagem. Achava bonito as mulheres se pintando, queria imitá-las. Pegava os sapatos de salto da minha vizinha adolescente e ficava horas brincando com eles. Os batons, gastava-os todos. Adorava me olhar no espelho e desenhar com lápis a pinta no rosto de Marilyn Monroe, ou a pinta na perna de Angélica. Imaginação infantil flui fácil.
Era a primeira vez que eu via um batom líquido. Fiquei encantada com o pincelzinho de espuma, corri ao espelho para experimentar. Minha vizinha logo viu que seria difícil retirá-lo das minhas mãos e, por isso, não questionou quando pedi para ficar com ele. Desci as escadas feliz com o pequeno mimo e fui procurar o que fazer entre as árvores do jardim do prédio.
Pus o batom no bolso e fiquei circulando pelo pátio vazio. Eram quase quatro da tarde de um julho frio e estranho. Sendo um mês de férias, era esquisito olhar para aquele local deserto, sem crianças, todas recolhidas em casa. Havia um vento deliciosamente gélido, mas que, para os outros, era cortante; eu gostava. Continuei andando despreocupada e balançando sozinha nos galhos das árvores.
Não deu muito tempo, lembrei-me do batom no bolso, peguei-o e comecei a examinar a embalagem. Achava o máximo aqueles nomes complicados e compridos, os quais eu mal conseguia pronunciar sem trocar ao menos duas sílabas. Fazia isso com tudo quanto era produto, era uma divertida brincadeira de trava-língua. Fiquei, então, lendo o rótulo do batom, sem me dar conta de que estava sendo observada. De repente, me deu uma vontade enorme de fazer xixi, e eu sabia que não ia dar tempo de subir as escadas de volta para fazer qualquer coisa em casa. Procurei um lugar relativamente seguro, onde não pudesse ser vista. Agachei-me numa valeta de águas pluviais que passava nos fundos do pátio, era oculta pelas árvores e dali eu poderia observar o movimento.
Quando levantei para colocar minha calça de volta, tomei um susto tão grande, meu estômago gelou e o sangue sumiu da minha face. Eu estava sendo observada o tempo todo por um homem magro, moreno, que usava costeletas e tinha os cabelos quase raspados, vindo com um cão da raça pastor alemão. Ele se aproximou de mim, e eu, trêmula, não sabia o que fazer.
- Oi, garotinha!
Terminei de arrumar a minha calça e respondi, sem olhar para ele:
- Oi...
- Você estava fazendo xixi...
- Sim, eu estava.
- Hmmmm...
Eu estava com o batom nas mãos. Tremia feito uma vara verde. Se eu corresse, fatalmente ele soltaria o cão da coleira e este me atacaria sem o menor problema, já que ele era maior que eu.
- Dá licença, moço?
- Para onde? Deixa ver isso que você tem nas mãos.
Abri a mão e mostrei o batom.
- Posso passar no cachorro?
- Onde???
- No negócio do cachorro, ó... Sheik, mostra o negócio!
O cachorro obedeceu a ordem (!) e deixou o pênis à mostra. Fiquei apavorada.
- Deixa eu passar esse batom no cachorro...
- Moço, esse batom não é meu. Me devolve.
- Como é o seu nome?
- Talita.
- Quantos anos você tem?
- Sete.
- Você é linda, Talita. – e passou a mão pelo meu rosto.
- Moço, me devolve o batom, por favor.
- Só se você deixar eu passar no cachorro.
- Não.
- Então você vai ter que mostrar a sua florzinha para ele.
- O quê????
- Sim, a mesma florzinha que vi quando você estava se levantando e arrumando a calça. Ou mostra para ele ou eu não devolvo o batom.
- Moço, por favor... – comecei a chorar compulsivamente.
- Talita, que linda... – e passando a mão pelo meu rosto, eu tremia de desespero. Não sabia se corria ou se gritava. Estava sozinha no pátio e não havia sinal de que ninguém pudesse aparecer por ali naquela hora. Tinha que pensar rápido.
- Moço, o batom, moço, por favor... – eu suplicava.
- Ou mostra ou não tem batom.
Ameacei correr e ele fez exatamente o que eu imaginava: ia soltar o cachorro. Fiquei sem saída e comecei a pensar num jeito de sair dessa situação sem despertar suspeitas. Fui saindo da valeta devagar e dando um passo para trás de cada vez; o moço ia só se aproximando. Comecei a pensar que brigar por causa de um batom talvez fosse muito pouco, era minha integridade física que estava em jogo. Rezava e pedia a Deus para que alguém aparecesse.
Um grito ao longe assustou o homem, que se distraiu e eu aproveitei para correr. Quando percebeu que eu já tinha saído em disparada, soltou o cachorro. Eu parei na beira da escadaria de acesso do prédio à rua, e o cão vindo na minha direção. Não poderia descer a escada rolando e nem havia mais o corrimão que eu costumava descer escorregando. Fiquei estática, esperando o ataque do cachorro. Era melhor encarar o cão que encarar o homem, em cujos olhos era nítido seu desejo por mim.
Quando parei, ele deu um sinal ao cão, que imediatamente parou. Ele se aproximou novamente de mim e prendeu o animal à coleira. Tentou tocar meu rosto mais uma vez, e eu esquivei. Eu, de sete anos, estava desafiando um homem de quase dois metros.
Ele fez que ia soltar o animal novamente, mas pulei entre os dois e enrosquei a corrente do cão nas pernas do homem, e o empurrei lá de cima. Ele desceu as escadas rolando com cachorro e tudo, sem ter como se proteger. Lá embaixo, seu corpo jazia com um filete de sangue escorrendo de uma de suas orelhas, e o vidro do batom líquido estilhaçado ao seu lado. O cão igualmente inerte. Fugi e subi as escadas correndo, entrei em casa e corri para o banheiro, e tomei um banho pela primeira vez sem que ninguém mandasse. A respiração estava ofegante e a imagem daquele homem tocando meu rosto não me saía da cabeça. Não queria que ninguém me visse no estado em que estava, com os braços esfolados da corrente. Fiquei um tempão pensando ainda no que havia feito, já era o segundo a quem eu fazia o mesmo esta semana.
Logo chegou a polícia, interrogou todos os moradores, ninguém sabia de nada, nem sequer conheciam aquele homem. Outra história sem sentido, outra queda de escada, e outro homem que ninguém conhecia morto. Minha vizinha, chocada, olhando o batom líquido que até há algumas horas era seu. A polícia tentando entender o que um vidro de batom fazia ali, e minha mãe, que desceu comigo para ver o que estava acontecendo, olhando para mim.
Deveria sentir-me culpada por aquela situação? Bem, não estava preparada para mais aquela investida. Não deveria ter feito nada, só corrido. Depois pensei bem: eu não tinha culpa de ser tão “sedutora” com apenas sete anos de idade.
Era a primeira vez que eu via um batom líquido. Fiquei encantada com o pincelzinho de espuma, corri ao espelho para experimentar. Minha vizinha logo viu que seria difícil retirá-lo das minhas mãos e, por isso, não questionou quando pedi para ficar com ele. Desci as escadas feliz com o pequeno mimo e fui procurar o que fazer entre as árvores do jardim do prédio.
Pus o batom no bolso e fiquei circulando pelo pátio vazio. Eram quase quatro da tarde de um julho frio e estranho. Sendo um mês de férias, era esquisito olhar para aquele local deserto, sem crianças, todas recolhidas em casa. Havia um vento deliciosamente gélido, mas que, para os outros, era cortante; eu gostava. Continuei andando despreocupada e balançando sozinha nos galhos das árvores.
Não deu muito tempo, lembrei-me do batom no bolso, peguei-o e comecei a examinar a embalagem. Achava o máximo aqueles nomes complicados e compridos, os quais eu mal conseguia pronunciar sem trocar ao menos duas sílabas. Fazia isso com tudo quanto era produto, era uma divertida brincadeira de trava-língua. Fiquei, então, lendo o rótulo do batom, sem me dar conta de que estava sendo observada. De repente, me deu uma vontade enorme de fazer xixi, e eu sabia que não ia dar tempo de subir as escadas de volta para fazer qualquer coisa em casa. Procurei um lugar relativamente seguro, onde não pudesse ser vista. Agachei-me numa valeta de águas pluviais que passava nos fundos do pátio, era oculta pelas árvores e dali eu poderia observar o movimento.
Quando levantei para colocar minha calça de volta, tomei um susto tão grande, meu estômago gelou e o sangue sumiu da minha face. Eu estava sendo observada o tempo todo por um homem magro, moreno, que usava costeletas e tinha os cabelos quase raspados, vindo com um cão da raça pastor alemão. Ele se aproximou de mim, e eu, trêmula, não sabia o que fazer.
- Oi, garotinha!
Terminei de arrumar a minha calça e respondi, sem olhar para ele:
- Oi...
- Você estava fazendo xixi...
- Sim, eu estava.
- Hmmmm...
Eu estava com o batom nas mãos. Tremia feito uma vara verde. Se eu corresse, fatalmente ele soltaria o cão da coleira e este me atacaria sem o menor problema, já que ele era maior que eu.
- Dá licença, moço?
- Para onde? Deixa ver isso que você tem nas mãos.
Abri a mão e mostrei o batom.
- Posso passar no cachorro?
- Onde???
- No negócio do cachorro, ó... Sheik, mostra o negócio!
O cachorro obedeceu a ordem (!) e deixou o pênis à mostra. Fiquei apavorada.
- Deixa eu passar esse batom no cachorro...
- Moço, esse batom não é meu. Me devolve.
- Como é o seu nome?
- Talita.
- Quantos anos você tem?
- Sete.
- Você é linda, Talita. – e passou a mão pelo meu rosto.
- Moço, me devolve o batom, por favor.
- Só se você deixar eu passar no cachorro.
- Não.
- Então você vai ter que mostrar a sua florzinha para ele.
- O quê????
- Sim, a mesma florzinha que vi quando você estava se levantando e arrumando a calça. Ou mostra para ele ou eu não devolvo o batom.
- Moço, por favor... – comecei a chorar compulsivamente.
- Talita, que linda... – e passando a mão pelo meu rosto, eu tremia de desespero. Não sabia se corria ou se gritava. Estava sozinha no pátio e não havia sinal de que ninguém pudesse aparecer por ali naquela hora. Tinha que pensar rápido.
- Moço, o batom, moço, por favor... – eu suplicava.
- Ou mostra ou não tem batom.
Ameacei correr e ele fez exatamente o que eu imaginava: ia soltar o cachorro. Fiquei sem saída e comecei a pensar num jeito de sair dessa situação sem despertar suspeitas. Fui saindo da valeta devagar e dando um passo para trás de cada vez; o moço ia só se aproximando. Comecei a pensar que brigar por causa de um batom talvez fosse muito pouco, era minha integridade física que estava em jogo. Rezava e pedia a Deus para que alguém aparecesse.
Um grito ao longe assustou o homem, que se distraiu e eu aproveitei para correr. Quando percebeu que eu já tinha saído em disparada, soltou o cachorro. Eu parei na beira da escadaria de acesso do prédio à rua, e o cão vindo na minha direção. Não poderia descer a escada rolando e nem havia mais o corrimão que eu costumava descer escorregando. Fiquei estática, esperando o ataque do cachorro. Era melhor encarar o cão que encarar o homem, em cujos olhos era nítido seu desejo por mim.
Quando parei, ele deu um sinal ao cão, que imediatamente parou. Ele se aproximou novamente de mim e prendeu o animal à coleira. Tentou tocar meu rosto mais uma vez, e eu esquivei. Eu, de sete anos, estava desafiando um homem de quase dois metros.
Ele fez que ia soltar o animal novamente, mas pulei entre os dois e enrosquei a corrente do cão nas pernas do homem, e o empurrei lá de cima. Ele desceu as escadas rolando com cachorro e tudo, sem ter como se proteger. Lá embaixo, seu corpo jazia com um filete de sangue escorrendo de uma de suas orelhas, e o vidro do batom líquido estilhaçado ao seu lado. O cão igualmente inerte. Fugi e subi as escadas correndo, entrei em casa e corri para o banheiro, e tomei um banho pela primeira vez sem que ninguém mandasse. A respiração estava ofegante e a imagem daquele homem tocando meu rosto não me saía da cabeça. Não queria que ninguém me visse no estado em que estava, com os braços esfolados da corrente. Fiquei um tempão pensando ainda no que havia feito, já era o segundo a quem eu fazia o mesmo esta semana.
Logo chegou a polícia, interrogou todos os moradores, ninguém sabia de nada, nem sequer conheciam aquele homem. Outra história sem sentido, outra queda de escada, e outro homem que ninguém conhecia morto. Minha vizinha, chocada, olhando o batom líquido que até há algumas horas era seu. A polícia tentando entender o que um vidro de batom fazia ali, e minha mãe, que desceu comigo para ver o que estava acontecendo, olhando para mim.
Deveria sentir-me culpada por aquela situação? Bem, não estava preparada para mais aquela investida. Não deveria ter feito nada, só corrido. Depois pensei bem: eu não tinha culpa de ser tão “sedutora” com apenas sete anos de idade.
quinta-feira, 9 de setembro de 2010
"Couves-flores" do lado de cima
Meu telefone ficou mudo a manhã inteira no escritório. Quando todo mundo saiu para almoçar e eu fiquei sozinha, finalmente ele resolveu tocar. Atendi como de costume, e logo escutei a voz áspera e pouco musical dela.
- Oi, Glaucia. Boa tarde. Você esteve com o Marcelo no fim de semana, não é?
- Sim, estive, por quê?
- Quero falar com ele.
- Mas se você está querendo falar com ele, ligue para ele, ora. Não para mim.
- Não estou conseguindo falar com ele. Imaginei que ele estivesse on-line no MSN com você. Diga-lhe que quero vê-lo.
- Está bem, eu direi. E o quê mais você quer que eu diga?
- Diga-lhe que quero almoçar com ele. Agora. Estou perto da casa dele. Restaurante Santuário.
- Sugestivo nome, ahahaha!
Realmente ela era muito estranha. Chata, eu diria. Não sei como o Marcelo gostava dela, porque ela era ciumenta demais. Para ele, ela tinha uma voz doce, um perfume agradável, usava calcinha lilás, tinha um sorriso lindo. Eu enxergava uma velha curvada, de um hálito horroroso e sem dentes. Não, eu não sou ciumenta, ela que era. Eu sou só amiga dele e ela que ficava me perseguindo, ora me rechaçando porque eu estava perto e ela não podia namorá-lo, ora meio que pedindo ajuda para seduzi-lo mais uma vez. Como boa amiga dele que sou e, por conseguinte, dela também, eu fazia de tudo para agradá-los.
Atendendo, então, mais uma vez ao pedido dela, chamei-o no MSN.
- Marcelo, ela está querendo te ver. Disse que está no Santuário.
- Agora?
- Sim. Agora. Quer almoçar com você.
- Obaaa!
E eu com meu pensamento: ai, Marcelo, lá vai você de novo atrás dessa chata ciumenta! Eu vou lá. Não vou deixá-la brigar com ele de novo. É sempre assim. Ela o chama, diz palavras carinhosas, o seduz, depois faz charminho, briga e o abandona. Por que não o leva de uma vez, caramba? No fim, ele fica todo deprimido, aí me liga e diz que mais uma vez ela o fez de bobo. Desta vez eu não vou deixar. Vou avacalhar o encontro dos dois e colocá-la para correr.
Chegando ao restaurante, lá está ela, na mesa, esperando pelo Marcelo com aqueles olhos de carnívoro voraz. Meu amigo, não vou deixar com que ela brinque com você de novo.
- Boa tarde, mocinha! - disse eu a ela, toda melosa e irônica. - Quer que eu te sirva?
- Não preci...
- Ah, precisa. - interrompendo-a, fui logo pegando um prato e enchendo-o de cebolinha cristal.
- Não como cebola, Glaucia.
- Cebolinha cristal é o máximo. Olhe que lindas azeitonas.
- Porra, Glaucia, não como azeitona! Não tenho dentes e tenho preguiça do caroço!
- Uhum. Olha, couve-flor. Vou colocar aqui em cima, você vai comer "couves-flores" do lado de cima!
- Glaucia, não me sirva. Você é quem vai comer isso. Cadê o Marcelo?
- E eu sei lá dele? Vamos aproveitar a companhia uma da outra enquanto ele não chega. Fique à vontade...
E continuei colocando as coisas mais sem nexo no prato dela. Pimenta malagueta pura, peixe frito, que sei que ela odeia. Nesse ínterim, Marcelo chegou e ficou estático na porta do Santuário, a cara dela de "quem essa maluca pensa que é?" e a minha cara de desafio diante dela. Ele ficou observando-nos durante um bom tempo e, ainda meio assombrado, assentou-se conosco. Calado, escutava atônito as minhas provocações.
- Você passou perfume de túmulo hoje, queriiidaa?
Nossa, eu estava terrivelmente irônica. Perguntei a ela se ela não tinha o que fazer, se não era melhor ir seduzir o Hugo Chávez. Quem sabe, se ela o levasse, o mundo não teria um pouco mais de paz. Mas não, ela queria o Marcelo. O meu amigo. Tanta gente menos útil no mundo e ela querendo levá-lo na conversa. E eu não ia deixar.
Por fim, provoquei-a ainda mais e me ofereci para pagar a conta. Enquanto ia ao caixa, vi que ela nem moveu o garfo do lugar. É, realmente ela não come, por isso está caquética daquele jeito.
Saímos do restaurante e descemos a avenida, os três juntos, conversando, e eu a cada minuto mais chata com ela, tentando dissuadi-la da ideia de levar o Marcelo embora. Ainda tentei emendar uma piada, mas não deu tempo. Os olhos dela se converteram em duas bolas de fogo, que me miravam com ódio e dor.
- Ciumenta é a mãe, Glaucia!
É, realmente a dona Morte não estava para brincadeira. Dizendo isso, me empurrou com a gadanha na frente de um vinte-e-dois-qualquer-coisa.
- Oi, Glaucia. Boa tarde. Você esteve com o Marcelo no fim de semana, não é?
- Sim, estive, por quê?
- Quero falar com ele.
- Mas se você está querendo falar com ele, ligue para ele, ora. Não para mim.
- Não estou conseguindo falar com ele. Imaginei que ele estivesse on-line no MSN com você. Diga-lhe que quero vê-lo.
- Está bem, eu direi. E o quê mais você quer que eu diga?
- Diga-lhe que quero almoçar com ele. Agora. Estou perto da casa dele. Restaurante Santuário.
- Sugestivo nome, ahahaha!
Realmente ela era muito estranha. Chata, eu diria. Não sei como o Marcelo gostava dela, porque ela era ciumenta demais. Para ele, ela tinha uma voz doce, um perfume agradável, usava calcinha lilás, tinha um sorriso lindo. Eu enxergava uma velha curvada, de um hálito horroroso e sem dentes. Não, eu não sou ciumenta, ela que era. Eu sou só amiga dele e ela que ficava me perseguindo, ora me rechaçando porque eu estava perto e ela não podia namorá-lo, ora meio que pedindo ajuda para seduzi-lo mais uma vez. Como boa amiga dele que sou e, por conseguinte, dela também, eu fazia de tudo para agradá-los.
Atendendo, então, mais uma vez ao pedido dela, chamei-o no MSN.
- Marcelo, ela está querendo te ver. Disse que está no Santuário.
- Agora?
- Sim. Agora. Quer almoçar com você.
- Obaaa!
E eu com meu pensamento: ai, Marcelo, lá vai você de novo atrás dessa chata ciumenta! Eu vou lá. Não vou deixá-la brigar com ele de novo. É sempre assim. Ela o chama, diz palavras carinhosas, o seduz, depois faz charminho, briga e o abandona. Por que não o leva de uma vez, caramba? No fim, ele fica todo deprimido, aí me liga e diz que mais uma vez ela o fez de bobo. Desta vez eu não vou deixar. Vou avacalhar o encontro dos dois e colocá-la para correr.
Chegando ao restaurante, lá está ela, na mesa, esperando pelo Marcelo com aqueles olhos de carnívoro voraz. Meu amigo, não vou deixar com que ela brinque com você de novo.
- Boa tarde, mocinha! - disse eu a ela, toda melosa e irônica. - Quer que eu te sirva?
- Não preci...
- Ah, precisa. - interrompendo-a, fui logo pegando um prato e enchendo-o de cebolinha cristal.
- Não como cebola, Glaucia.
- Cebolinha cristal é o máximo. Olhe que lindas azeitonas.
- Porra, Glaucia, não como azeitona! Não tenho dentes e tenho preguiça do caroço!
- Uhum. Olha, couve-flor. Vou colocar aqui em cima, você vai comer "couves-flores" do lado de cima!
- Glaucia, não me sirva. Você é quem vai comer isso. Cadê o Marcelo?
- E eu sei lá dele? Vamos aproveitar a companhia uma da outra enquanto ele não chega. Fique à vontade...
E continuei colocando as coisas mais sem nexo no prato dela. Pimenta malagueta pura, peixe frito, que sei que ela odeia. Nesse ínterim, Marcelo chegou e ficou estático na porta do Santuário, a cara dela de "quem essa maluca pensa que é?" e a minha cara de desafio diante dela. Ele ficou observando-nos durante um bom tempo e, ainda meio assombrado, assentou-se conosco. Calado, escutava atônito as minhas provocações.
- Você passou perfume de túmulo hoje, queriiidaa?
Nossa, eu estava terrivelmente irônica. Perguntei a ela se ela não tinha o que fazer, se não era melhor ir seduzir o Hugo Chávez. Quem sabe, se ela o levasse, o mundo não teria um pouco mais de paz. Mas não, ela queria o Marcelo. O meu amigo. Tanta gente menos útil no mundo e ela querendo levá-lo na conversa. E eu não ia deixar.
Por fim, provoquei-a ainda mais e me ofereci para pagar a conta. Enquanto ia ao caixa, vi que ela nem moveu o garfo do lugar. É, realmente ela não come, por isso está caquética daquele jeito.
Saímos do restaurante e descemos a avenida, os três juntos, conversando, e eu a cada minuto mais chata com ela, tentando dissuadi-la da ideia de levar o Marcelo embora. Ainda tentei emendar uma piada, mas não deu tempo. Os olhos dela se converteram em duas bolas de fogo, que me miravam com ódio e dor.
- Ciumenta é a mãe, Glaucia!
É, realmente a dona Morte não estava para brincadeira. Dizendo isso, me empurrou com a gadanha na frente de um vinte-e-dois-qualquer-coisa.
sexta-feira, 13 de agosto de 2010
O dia depois da minha morte
por Erika Paola Brú Vélez
Este texto é um conto da jornalista colombiana Erika Paola Brú Vélez. Escrito juntamente com seu irmão, com ele participou de um concurso em Cartagena, sua cidade natal, no qual obteve o primeiro lugar dentre muitos escritores. É baseado em uma história real, de um amigo muito próximo de sua família, Andrés Mauricio Trucco Orta.
Foi traduzido do original em Espanhol, que se encontra em http://erikapao.blogspot.com/. É o Mingau promovendo a integração literária da América Latina!
* * * * *
Ainda não acredito. Por quê, meu Deus, por quê? Me pergunto a cada vez enquanto a alma se me estraçalha ao ver minha mãe abraçada a um caixão, rodeado de uma porção de coroas, muitas pessoas naquela salinha dando a impressão de que não há espaço para tanta gente, todas chorando e lamentando a morte da pessoa que está ali no ataúde, parecendo felizmente adormecido mas que sabem que jamais despertará desse sono profundo. E eu ainda não consigo acreditar. É um pesadelo? Se é assim, quero despertar logo de uma vez, mas como faço? Ninguém pode me ajudar. Tenho medo de me aproximar do caixão porque é uma sensação terrível, pensei que isso só acontecesse em filmes, mas está acontecendo comigo.
Não pensem que é bonito ver seu próprio funeral. Este jovem que ali jaz, provocando uma tristeza enorme em quem o conhecia, sou eu: André Felipe Lopes Moreno. Tenho, ou tinha, Deus, como é difícil explicar!, quinze anos de idade e por um estranho golpe do destino hoje estou aqui, vendo o meu velório, sentindo uma grande impotência em ver a minha mãe desesperada, chorando desconsolada, perguntando-me por quê Deus fez isso com ela. Não sabes, minha mãe, o quanto eu queria abraçar-te, dizer-te “mamãe, não se preocupe, eu estou aqui contigo! Ainda não fui e não irei nunca”. Mas não posso, ela não me ouve, não me vê, talvez me sinta, mas não como eu queria que sentisse.
Deveria ter aproveitado enquanto era vivo para dizer tantas coisas, tantas que eu queria que ela soubesse, mas agora é muito tarde. Talvez porque eu acreditasse que era jovem demais para morrer, isso de morrer era coisa de gente velha, eu teria uma longa e feliz vida, era assim que pensava. Hoje Deus me ensinou e me fez ver o quanto eu estava equivocado. Só Ele decide quando e porque devemos partir deste mundo.
Caminho pela salinha, de um lado para o outro, desesperado, buscando respostas a perguntas que eu ainda nem sequer havia formulado. Quero estar vivo! Repito isso várias vezes esperando que Deus me faça um milagre. Tento acariciar as flores das coroas que muitos enviaram, mas não posso, e muito menos sentir o cheiro tão lúgubre que delas emana, como quando morreu meu avô e eu soube pela primeira vez o que era estar em um velório e em um enterro. Agora o estou vivendo por mim mesmo, sei que meu avô esteve todo o tempo conosco, assim como agora estou com todos aqui na salinha da funerária.
Creio que nunca vou superar isso de minha morte. Justo agora que estava vivendo meu melhores momentos, me sentia na plenitude da vida. Malditos delinquentes! Mil vezes malditos! Me arrancaram o mais precioso que tinha: minha própria vida. Às vezes me pergunto se estava no lugar errado e na hora errada, ou se definitivamente, como dizem as pessoas, era minha hora. Não entendo nem porque fiquei no meio do fogo cruzado: ladrões de banco contra a polícia. Um acontecimento cotidiano nesta cidade tão sem segurança. Mas, como todo jovem, você nunca espera que isso que aparece nos jornais aconteça a você. Claro, isso acontece lá longe, em grandes capitais, você pensa assim, muitas vezes ignorando que o perigo está mais perto do que o que você imagina.
Ontem saí de casa para comprar picolés e esperar meu pai, que voltaria de uma viagem mais à noitinha. Meu velho agora está ali sentado sem pronunciar palavra, mas se nota em seu olhar perdido uma dor imensa e profunda. Como me dói vê-lo assim também! Continuando com a trágica história do fim da minha maravilhosa vida, quando estava atravessando a rua pude ver uma caminhonete quatro portas que vinha em alta velocidade e percebi que um dos ocupantes saía pela janela com uma enorme metralhadora, apontando para o carro de trás, que era nada mais nada menos que a polícia. Imediatamente começaram os disparos. Policiais e bandidos em guerra no meio da rua, sem se importarem com quem estava em seu redor. Só me lembro de ter sentido um impacto profundo no coração e tudo escureceu. Queria abrir os olhos, me levantar, mas não podia. Ao longe ouvia-se uma ambulância, podia sentir a presença de muita gente em volta de mim, gritando desesperados, algumas mulheres chorando.
- Salvem-no! Salvem-no! - ouvi que gritava uma idosa desesperada. - Ele é tão novinho! - diziam outros.
Será que eu estou ficando doido? Era tão eminente e evidente assim a minha morte? Senti quando me puseram na ambulância e o médico que me assistia apertava forte a minha mão e dizia:
- Resista, mocinho, você é um grande homem, vamos, resista, você é forte! - mas eu sentia que as minhas forças se esvaíam pouco a pouco, e já quase não escutava o que os outros diziam.
Chegamos ao hospital. Imediatamente me levaram para a sala de cirurgia para extrair a bala, mas o mal já estava consumado. A bala penetrou profundamente o coração, eu já não tinha chances. Meus sinais vitais ainda estavam presentes pela minha juventude, mas desde há muito tempo eu já havia deixado de pertencer a este mundo.
Senti que me tornava leve, já não sentia o peso do corpo e foi quando pude me ver pela primeira vez fora dele é que notei o que fui em massa corporal. Tentei voltar ao corpo, como nos filmes, tão ingênuo eu acreditando que assim poderia reviver, mas nada, o esforço foi em vão.
Pude notar uma lágrima escapando dos olhos do médico enquanto retirava as cânulas e se rendia diante deste duelo contra a morte.
Eu o segui, queria ver a quem ele daria a má notícia. Na sala de espera estavam minha mãe tão linda, com um terço nas mãos e o livro de orações que nunca a desampara; minha irmã, muito pálida e com um lenço na mão, talvez preparada para o pior; uma tia; a mulher que foi minha babá e uma vizinha, todas esperando que o médico dissesse “nós o salvamos”!
O momento seguinte foi algo aterrador. Uma experiência que, de tão horrível, só de lembrar eu morro de novo. O médico pronunciou as palavras que elas não queriam ouvir. “Lamento, fizemos todo o possível, mas o garoto não resistiu. A bala lhe penetrou tão profundamente o coração que qualquer possibilidade de se salvar era muito remota. De verdade, sinto muito, ele ainda era muito jovem para morrer, mas a vida é assim!”
Pobre da minha mãezinha, não resistindo a tão impactante notícia se desvaneceu no chão frio daquele hospital. Tiveram que socorrê-la imediatamente com calmantes e outros medicamentos. Minha irmã, um pouco mais tranquila, tentava ser forte, mas a dor lhe era tão lancinante que até as enfermeiras se comoveram e choraram ao seu lado, apoiando-a. As demais, sem sair de seu assombro, choravam e choravam desconsoladamente.
Minha mãe pediu na funerária que a deixassem me vestir pela última vez e obviamente aceitaram. Chegou com uma mochila onde estava a minha roupa. Escolheu a camisa de linho branca de que eu tanto gostava, com a qual ia aos aniversários de quinze anos das minhas amigas, e a calça bege que me foi dada de presente por papai quando eu completei quinze anos. “Como fico bonito!”, pensei, uma pena que para tão mau momento.
Enquanto me vestia, com a mesma paciência de quando eu era um bebê ou creio que até mais, porque agora eu estava duro e frio e não mais frágil e quentinho como um recém-nascido, ia me dizendo muitas coisas que ela me dizia quando estava vivo, mas a verdade é que poucas vezes prestei atenção e nunca dei tanto valor como agora.
“Lembro-me do dia em que me disseram que eu estava grávida de você” - começou. “Sua irmãzinha tinha cinco anos de idade e queria um irmãozinho. E com seu pai pensamos em dar você de de presente a ela. Assim que descobri que o estava esperando, fiquei tão emocionada!” - dizia, enquanto colocava meu braço na camisa. “Sua irmã pulava de felicidade e toda a minha gravidez foi muito festejada porque eu esperava o homenzinho da família. E o que dizer quando você nasceu? No hospital decoraram meu quatro com bolas azuis e serpentinas, os presentes já não cabiam no quarto. Você era tão pequeno e indefeso, mas sempre lindo, sempre foi e serás lindo, inclusive agora, não importa que esteja frio e eu te vestindo para a morte, mas preciso que as pessoas te vejam pela última vez, que te vejam divino, por isto escolhi esta roupa de que você tanto gostava e com ela enlouquecia as meninas nas festas”.
Minha mãe, tão linda. Ali estava, vestindo seu “bebê”, como sempre me dizia. Falando comigo como se eu ainda estivesse vivo, como se soubesse que eu a estava ouvindo. E sim, mãe, é verdade que estou te ouvindo, e desta vez com mais juízo do que nunca.
“Filho meu, meu bebê! Não sei que mal eu fiz a Deus para que Ele me desse esse castigo tão horrível, de levar você do meu lado para nunca mais voltar a te ver.” - dizia agora sem poder conter o choro compulsivo. - “Quero que você saiba que sempre, sempre te levarei no coração, sempre será parte da minha vida, mesmo que não esteja presente de corpo, mas sua alma está comigo. Eu amo você desde antes de saber que você existiria, sonhei com você quando era adolescente e me imaginava quando fosse mãe. Cuidei de você como meu maior tesouro durante estes quinze anos, que me parecem tão poucos. Sei que dizem que os filhos são emprestados, mas esperava que Deus lhe emprestasse para mim por muitos anos ainda, que você trabalhasse, que me desse netinhos, que pudesse te ver homem feito, de caráter.
Mas se Deus assim o quis, não continuarei questionando Sua vontade, como boa católica e cristã que sou, e me resignarei com a alma destroçada a aceitar a sua partida. Talvez Deus necessitasse de um anjinho a mais para seu exército e levou o mais lindo de todos os que estavam na terra.”
E, dizendo isso, terminou de me colocar os sapatos e me jogou perfume por todo o corpo, não sem antes me dar um abraço bem apertado e um último beijo que eu não pude nem sentir.
E aqui estamos. Na salinha do funeral. Imagino o quanto deve ter sido terrível a notícia para meu pai quando chegou da viagem à noite. Não era justo tê-lo recebido com essa notícia. Vou sentir saudades das suas conversas, suas piadas pesadas, as partidas de xadrez, os jogos de futebol e basquete, as idas ao estádio e aos concertos, nossos passeios de bicicleta, quando me explicava matemática e física, seu amor e compreensão incondicionais. Sentirei falta de tantas coisas do meu velho! Espero que Deus o reanime a fazer isso tudo levando com ele um pouco de mim.
Minha irmã. Elisa, linda de todo jeito, está sem maquiagem e vestida de preto, essa cor que ela tanto odeia porque diz que é muito triste. Não para de chorar, vieram suas amigas para consolá-la. Leva nas mãos um porta-retrato com nossa foto, uma que tiramos semana passada em um estúdio conhecido. Sei que agora também estará blasfemando por Deus lhe haver tirado seu braço-direito, seu companheiro de aventuras, seu confidente, seu consentido. Agora tampouco terá com quem brigar pelo último pedaço da pizza, para ver quem usa primeiro o computador, quem fica com o controle remoto da televisão, quem lava os pratos. Vou sentir muita saudade, mas estarei no Céu cuidando dela e espero que me dê lindos sobrinhos e tomara que lhe ocorra pôr em um o nome do tio. Seria uma linda homenagem para mim.
Sabem, me dei conta de uma coisa. Nos funerais sempre aparecem pessoas que nunca conheceram o morto. Vi gente que nunca vi na vida. Devem ser amigos dos meus pais e da minha família.
Tampouco pensei que jamais viesse tanta gente ao meu sepultamento. Isto me fez arrepiar a pele, desculpe, qual pele? Já havia até esquecido que não a tenho mais.
Aí estão todos os meus amigos do colégio, como sentirei falta deles! Quem dera pudesse dizer a eles o quanto os amo, mesmo que brigasse com alguns deles. Estão meus amigos do bairro, do time de futebol, do curso de inglês. Está também Susaninha, a menina a quem eu ia pedir para namorar esta semana, que raiva! Apesar de estar com os olhos inchados de tanto chorar continua sendo tão linda, inocente, espero que encontre um bom rapaz que a ame como eu e a possa fazer feliz como eu queria ter feito.
Já chegou o padre. É um velhinho encurvado, assim imagino que fará tudo rápido e que logo vai embora. Todos rezam pelo descanso eterno de minh'alma. Ainda não posso acreditar nesse momento. Minha irmã lê a oração final. Vamos para o cemitério.
A caravana de carros é interminável. As pessoas na rua ficam abismadas com o acontecimento e muitos murmuram entre eles: “Deve ser alguém famoso ou muito rico”. Pois a verdade é que não era nenhuma das duas opções. Famoso entre meus amigos talvez e a riqueza que eu possuía era fruto do trabalho humilde de meu pai, e não é muita, mas o suficiente para se viver decentemente.
Chegamos ao cemitério. O caminho foi curto. Já nem sei o que sinto. Quando eu receber uma pá de terra em cima, já ninguém se lembrará de mim, ou talvez muito de vez em quando.
Minha mãe fica de um lado do caixão, o acaricia pela última vez. Meu pai e minha irmã a abraçam fortemente. Leem uma curta oração e o sacerdote dá a ordem ao coveiro para iniciar os trabalhos. Neste momento eu quis gritar. Quis dizer a todos que estou aqui. Que os amo muito. Deus, quantas coisas deixei de dizer ou fazer! Se as pessoas soubessem disso, seguramente aproveitariam cada instante de suas vidas para fazerem saber aos demais o quão importante são uns para os outros, pediriam-se desculpas ou quem sabe não se ofendessem tanto, nunca deixariam para amanhã o que poderiam fazer hoje, fossem mais conscientes da realidade em que vivem e que não possam ignorá-la pensando que nunca serão vítimas deste ou aquele problema.
Se as pessoas soubessem que estar morto não é tão bom assim, viveriam a plenitude a cada segundo, cada hora, cada dia, cada semana, cada mês, cada ano, cada instante. Se eu pudesse dizer isso a eles, talvez me escutassem por um momento.
Continua a terra a cair sobre mim ou, bem, o que se supõe que era eu. Esse corpo, agora sem vida. Lembrando-me um pouco de Platão, sobre aquilo da alma e do corpo, e ele tem toda razão, o corpo não serve de nada se não tem uma alma que lhe dê vida, que o impulsione e motive. E meu corpo já ficou sem alma e sem vida.
Do céu, que é para lá que acredito que devo ir, cuidarei da minha família e de todas as pessoas a quem quero bem, para que não suceda-lhes nada de mal. Tomara que Deus me permita tornar-me um Anjo da Guarda para estar mais perto dos que amo aqui na terra. Será difícil não continuar vivendo a minha mesma vida agora. Me pergunto tantas coisas! Agora o que acontecerá, para onde irei, do que vou viver, será que continuarei a sentir fome, sono, sede... Deus deverá me responder e me explicar porque permitiu que essa bala me atingisse, se acaso foi isso que Ele determinou para mim.
Já quase não se vê o caixão. Um pouco mais de terra e ficarei alguns metros sepultado, voltando para o Deus de onde viemos todos, para o pó.
Minha mãe está um pouco mais calma, creio que porque já não existam mais lágrimas em seus olhos porque já chorara todas. Meu pai e minha irmã apenas olham tristes, e muito tristes acomodam as as coroas sobre o montinho de terra que se formou sobre mim. Elisa pediu para escrever meu epitáfio, que ficará sobre a lápide quando se cumprir o prazo suficiente para instalá-la.
As pessoas pouco a pouco começam a ir embora, despedindo-se dos meus pais, que ainda não saem dali. Minha mãe ajeita perfeitamente todas as flores que ali se encontram. - “O túmulo do meu bebê tem que ser o mais lindo” - disse, em meio à sua tristeza.
O céu está nublado e começam a cair as primeiras gotas de chuva. Agora sim, meus pais e minha irmã decidem irem juntos para casa.
E eu continuo aqui, aguardando a ordem para ir a não sei onde.
Começo a sentir que estou fraco novamente. Posso ver uma luz que se interpõe em meu caminho e me convida a segui-la. É o momento da verdade, penso. Agora acho que vou ver Deus. Começo a caminhar e noto o trajeto repleto das mais lindas flores. Há uma grande variedade delas, todas brilhantes. Sinto que estou voando.
E vou. Agora serei um anjo do Senhor. Já não me dói ser humano. Estou aprendendo a gostar da minha nova condição de vida. Não seguirei mais lamentando mais por ter deixado a terra, pois todos algum dia terão que fazê-lo, o caso é que alguns se adiantam no caminho.
Entro no paraíso. Isto não posso contar. Deus me disse que é um segredo que somente poderão conhecer quando estiverem com Ele. Só posso dizer que é maravilhoso. O paraíso existe, de verdade, eu comprovei. Nos vemos por lá.
Este texto é um conto da jornalista colombiana Erika Paola Brú Vélez. Escrito juntamente com seu irmão, com ele participou de um concurso em Cartagena, sua cidade natal, no qual obteve o primeiro lugar dentre muitos escritores. É baseado em uma história real, de um amigo muito próximo de sua família, Andrés Mauricio Trucco Orta.
Foi traduzido do original em Espanhol, que se encontra em http://erikapao.blogspot.com/. É o Mingau promovendo a integração literária da América Latina!
* * * * *
Ainda não acredito. Por quê, meu Deus, por quê? Me pergunto a cada vez enquanto a alma se me estraçalha ao ver minha mãe abraçada a um caixão, rodeado de uma porção de coroas, muitas pessoas naquela salinha dando a impressão de que não há espaço para tanta gente, todas chorando e lamentando a morte da pessoa que está ali no ataúde, parecendo felizmente adormecido mas que sabem que jamais despertará desse sono profundo. E eu ainda não consigo acreditar. É um pesadelo? Se é assim, quero despertar logo de uma vez, mas como faço? Ninguém pode me ajudar. Tenho medo de me aproximar do caixão porque é uma sensação terrível, pensei que isso só acontecesse em filmes, mas está acontecendo comigo.
Não pensem que é bonito ver seu próprio funeral. Este jovem que ali jaz, provocando uma tristeza enorme em quem o conhecia, sou eu: André Felipe Lopes Moreno. Tenho, ou tinha, Deus, como é difícil explicar!, quinze anos de idade e por um estranho golpe do destino hoje estou aqui, vendo o meu velório, sentindo uma grande impotência em ver a minha mãe desesperada, chorando desconsolada, perguntando-me por quê Deus fez isso com ela. Não sabes, minha mãe, o quanto eu queria abraçar-te, dizer-te “mamãe, não se preocupe, eu estou aqui contigo! Ainda não fui e não irei nunca”. Mas não posso, ela não me ouve, não me vê, talvez me sinta, mas não como eu queria que sentisse.
Deveria ter aproveitado enquanto era vivo para dizer tantas coisas, tantas que eu queria que ela soubesse, mas agora é muito tarde. Talvez porque eu acreditasse que era jovem demais para morrer, isso de morrer era coisa de gente velha, eu teria uma longa e feliz vida, era assim que pensava. Hoje Deus me ensinou e me fez ver o quanto eu estava equivocado. Só Ele decide quando e porque devemos partir deste mundo.
Caminho pela salinha, de um lado para o outro, desesperado, buscando respostas a perguntas que eu ainda nem sequer havia formulado. Quero estar vivo! Repito isso várias vezes esperando que Deus me faça um milagre. Tento acariciar as flores das coroas que muitos enviaram, mas não posso, e muito menos sentir o cheiro tão lúgubre que delas emana, como quando morreu meu avô e eu soube pela primeira vez o que era estar em um velório e em um enterro. Agora o estou vivendo por mim mesmo, sei que meu avô esteve todo o tempo conosco, assim como agora estou com todos aqui na salinha da funerária.
Creio que nunca vou superar isso de minha morte. Justo agora que estava vivendo meu melhores momentos, me sentia na plenitude da vida. Malditos delinquentes! Mil vezes malditos! Me arrancaram o mais precioso que tinha: minha própria vida. Às vezes me pergunto se estava no lugar errado e na hora errada, ou se definitivamente, como dizem as pessoas, era minha hora. Não entendo nem porque fiquei no meio do fogo cruzado: ladrões de banco contra a polícia. Um acontecimento cotidiano nesta cidade tão sem segurança. Mas, como todo jovem, você nunca espera que isso que aparece nos jornais aconteça a você. Claro, isso acontece lá longe, em grandes capitais, você pensa assim, muitas vezes ignorando que o perigo está mais perto do que o que você imagina.
Ontem saí de casa para comprar picolés e esperar meu pai, que voltaria de uma viagem mais à noitinha. Meu velho agora está ali sentado sem pronunciar palavra, mas se nota em seu olhar perdido uma dor imensa e profunda. Como me dói vê-lo assim também! Continuando com a trágica história do fim da minha maravilhosa vida, quando estava atravessando a rua pude ver uma caminhonete quatro portas que vinha em alta velocidade e percebi que um dos ocupantes saía pela janela com uma enorme metralhadora, apontando para o carro de trás, que era nada mais nada menos que a polícia. Imediatamente começaram os disparos. Policiais e bandidos em guerra no meio da rua, sem se importarem com quem estava em seu redor. Só me lembro de ter sentido um impacto profundo no coração e tudo escureceu. Queria abrir os olhos, me levantar, mas não podia. Ao longe ouvia-se uma ambulância, podia sentir a presença de muita gente em volta de mim, gritando desesperados, algumas mulheres chorando.
- Salvem-no! Salvem-no! - ouvi que gritava uma idosa desesperada. - Ele é tão novinho! - diziam outros.
Será que eu estou ficando doido? Era tão eminente e evidente assim a minha morte? Senti quando me puseram na ambulância e o médico que me assistia apertava forte a minha mão e dizia:
- Resista, mocinho, você é um grande homem, vamos, resista, você é forte! - mas eu sentia que as minhas forças se esvaíam pouco a pouco, e já quase não escutava o que os outros diziam.
Chegamos ao hospital. Imediatamente me levaram para a sala de cirurgia para extrair a bala, mas o mal já estava consumado. A bala penetrou profundamente o coração, eu já não tinha chances. Meus sinais vitais ainda estavam presentes pela minha juventude, mas desde há muito tempo eu já havia deixado de pertencer a este mundo.
Senti que me tornava leve, já não sentia o peso do corpo e foi quando pude me ver pela primeira vez fora dele é que notei o que fui em massa corporal. Tentei voltar ao corpo, como nos filmes, tão ingênuo eu acreditando que assim poderia reviver, mas nada, o esforço foi em vão.
Pude notar uma lágrima escapando dos olhos do médico enquanto retirava as cânulas e se rendia diante deste duelo contra a morte.
Eu o segui, queria ver a quem ele daria a má notícia. Na sala de espera estavam minha mãe tão linda, com um terço nas mãos e o livro de orações que nunca a desampara; minha irmã, muito pálida e com um lenço na mão, talvez preparada para o pior; uma tia; a mulher que foi minha babá e uma vizinha, todas esperando que o médico dissesse “nós o salvamos”!
O momento seguinte foi algo aterrador. Uma experiência que, de tão horrível, só de lembrar eu morro de novo. O médico pronunciou as palavras que elas não queriam ouvir. “Lamento, fizemos todo o possível, mas o garoto não resistiu. A bala lhe penetrou tão profundamente o coração que qualquer possibilidade de se salvar era muito remota. De verdade, sinto muito, ele ainda era muito jovem para morrer, mas a vida é assim!”
Pobre da minha mãezinha, não resistindo a tão impactante notícia se desvaneceu no chão frio daquele hospital. Tiveram que socorrê-la imediatamente com calmantes e outros medicamentos. Minha irmã, um pouco mais tranquila, tentava ser forte, mas a dor lhe era tão lancinante que até as enfermeiras se comoveram e choraram ao seu lado, apoiando-a. As demais, sem sair de seu assombro, choravam e choravam desconsoladamente.
Minha mãe pediu na funerária que a deixassem me vestir pela última vez e obviamente aceitaram. Chegou com uma mochila onde estava a minha roupa. Escolheu a camisa de linho branca de que eu tanto gostava, com a qual ia aos aniversários de quinze anos das minhas amigas, e a calça bege que me foi dada de presente por papai quando eu completei quinze anos. “Como fico bonito!”, pensei, uma pena que para tão mau momento.
Enquanto me vestia, com a mesma paciência de quando eu era um bebê ou creio que até mais, porque agora eu estava duro e frio e não mais frágil e quentinho como um recém-nascido, ia me dizendo muitas coisas que ela me dizia quando estava vivo, mas a verdade é que poucas vezes prestei atenção e nunca dei tanto valor como agora.
“Lembro-me do dia em que me disseram que eu estava grávida de você” - começou. “Sua irmãzinha tinha cinco anos de idade e queria um irmãozinho. E com seu pai pensamos em dar você de de presente a ela. Assim que descobri que o estava esperando, fiquei tão emocionada!” - dizia, enquanto colocava meu braço na camisa. “Sua irmã pulava de felicidade e toda a minha gravidez foi muito festejada porque eu esperava o homenzinho da família. E o que dizer quando você nasceu? No hospital decoraram meu quatro com bolas azuis e serpentinas, os presentes já não cabiam no quarto. Você era tão pequeno e indefeso, mas sempre lindo, sempre foi e serás lindo, inclusive agora, não importa que esteja frio e eu te vestindo para a morte, mas preciso que as pessoas te vejam pela última vez, que te vejam divino, por isto escolhi esta roupa de que você tanto gostava e com ela enlouquecia as meninas nas festas”.
Minha mãe, tão linda. Ali estava, vestindo seu “bebê”, como sempre me dizia. Falando comigo como se eu ainda estivesse vivo, como se soubesse que eu a estava ouvindo. E sim, mãe, é verdade que estou te ouvindo, e desta vez com mais juízo do que nunca.
“Filho meu, meu bebê! Não sei que mal eu fiz a Deus para que Ele me desse esse castigo tão horrível, de levar você do meu lado para nunca mais voltar a te ver.” - dizia agora sem poder conter o choro compulsivo. - “Quero que você saiba que sempre, sempre te levarei no coração, sempre será parte da minha vida, mesmo que não esteja presente de corpo, mas sua alma está comigo. Eu amo você desde antes de saber que você existiria, sonhei com você quando era adolescente e me imaginava quando fosse mãe. Cuidei de você como meu maior tesouro durante estes quinze anos, que me parecem tão poucos. Sei que dizem que os filhos são emprestados, mas esperava que Deus lhe emprestasse para mim por muitos anos ainda, que você trabalhasse, que me desse netinhos, que pudesse te ver homem feito, de caráter.
Mas se Deus assim o quis, não continuarei questionando Sua vontade, como boa católica e cristã que sou, e me resignarei com a alma destroçada a aceitar a sua partida. Talvez Deus necessitasse de um anjinho a mais para seu exército e levou o mais lindo de todos os que estavam na terra.”
E, dizendo isso, terminou de me colocar os sapatos e me jogou perfume por todo o corpo, não sem antes me dar um abraço bem apertado e um último beijo que eu não pude nem sentir.
E aqui estamos. Na salinha do funeral. Imagino o quanto deve ter sido terrível a notícia para meu pai quando chegou da viagem à noite. Não era justo tê-lo recebido com essa notícia. Vou sentir saudades das suas conversas, suas piadas pesadas, as partidas de xadrez, os jogos de futebol e basquete, as idas ao estádio e aos concertos, nossos passeios de bicicleta, quando me explicava matemática e física, seu amor e compreensão incondicionais. Sentirei falta de tantas coisas do meu velho! Espero que Deus o reanime a fazer isso tudo levando com ele um pouco de mim.
Minha irmã. Elisa, linda de todo jeito, está sem maquiagem e vestida de preto, essa cor que ela tanto odeia porque diz que é muito triste. Não para de chorar, vieram suas amigas para consolá-la. Leva nas mãos um porta-retrato com nossa foto, uma que tiramos semana passada em um estúdio conhecido. Sei que agora também estará blasfemando por Deus lhe haver tirado seu braço-direito, seu companheiro de aventuras, seu confidente, seu consentido. Agora tampouco terá com quem brigar pelo último pedaço da pizza, para ver quem usa primeiro o computador, quem fica com o controle remoto da televisão, quem lava os pratos. Vou sentir muita saudade, mas estarei no Céu cuidando dela e espero que me dê lindos sobrinhos e tomara que lhe ocorra pôr em um o nome do tio. Seria uma linda homenagem para mim.
Sabem, me dei conta de uma coisa. Nos funerais sempre aparecem pessoas que nunca conheceram o morto. Vi gente que nunca vi na vida. Devem ser amigos dos meus pais e da minha família.
Tampouco pensei que jamais viesse tanta gente ao meu sepultamento. Isto me fez arrepiar a pele, desculpe, qual pele? Já havia até esquecido que não a tenho mais.
Aí estão todos os meus amigos do colégio, como sentirei falta deles! Quem dera pudesse dizer a eles o quanto os amo, mesmo que brigasse com alguns deles. Estão meus amigos do bairro, do time de futebol, do curso de inglês. Está também Susaninha, a menina a quem eu ia pedir para namorar esta semana, que raiva! Apesar de estar com os olhos inchados de tanto chorar continua sendo tão linda, inocente, espero que encontre um bom rapaz que a ame como eu e a possa fazer feliz como eu queria ter feito.
Já chegou o padre. É um velhinho encurvado, assim imagino que fará tudo rápido e que logo vai embora. Todos rezam pelo descanso eterno de minh'alma. Ainda não posso acreditar nesse momento. Minha irmã lê a oração final. Vamos para o cemitério.
A caravana de carros é interminável. As pessoas na rua ficam abismadas com o acontecimento e muitos murmuram entre eles: “Deve ser alguém famoso ou muito rico”. Pois a verdade é que não era nenhuma das duas opções. Famoso entre meus amigos talvez e a riqueza que eu possuía era fruto do trabalho humilde de meu pai, e não é muita, mas o suficiente para se viver decentemente.
Chegamos ao cemitério. O caminho foi curto. Já nem sei o que sinto. Quando eu receber uma pá de terra em cima, já ninguém se lembrará de mim, ou talvez muito de vez em quando.
Minha mãe fica de um lado do caixão, o acaricia pela última vez. Meu pai e minha irmã a abraçam fortemente. Leem uma curta oração e o sacerdote dá a ordem ao coveiro para iniciar os trabalhos. Neste momento eu quis gritar. Quis dizer a todos que estou aqui. Que os amo muito. Deus, quantas coisas deixei de dizer ou fazer! Se as pessoas soubessem disso, seguramente aproveitariam cada instante de suas vidas para fazerem saber aos demais o quão importante são uns para os outros, pediriam-se desculpas ou quem sabe não se ofendessem tanto, nunca deixariam para amanhã o que poderiam fazer hoje, fossem mais conscientes da realidade em que vivem e que não possam ignorá-la pensando que nunca serão vítimas deste ou aquele problema.
Se as pessoas soubessem que estar morto não é tão bom assim, viveriam a plenitude a cada segundo, cada hora, cada dia, cada semana, cada mês, cada ano, cada instante. Se eu pudesse dizer isso a eles, talvez me escutassem por um momento.
Continua a terra a cair sobre mim ou, bem, o que se supõe que era eu. Esse corpo, agora sem vida. Lembrando-me um pouco de Platão, sobre aquilo da alma e do corpo, e ele tem toda razão, o corpo não serve de nada se não tem uma alma que lhe dê vida, que o impulsione e motive. E meu corpo já ficou sem alma e sem vida.
Do céu, que é para lá que acredito que devo ir, cuidarei da minha família e de todas as pessoas a quem quero bem, para que não suceda-lhes nada de mal. Tomara que Deus me permita tornar-me um Anjo da Guarda para estar mais perto dos que amo aqui na terra. Será difícil não continuar vivendo a minha mesma vida agora. Me pergunto tantas coisas! Agora o que acontecerá, para onde irei, do que vou viver, será que continuarei a sentir fome, sono, sede... Deus deverá me responder e me explicar porque permitiu que essa bala me atingisse, se acaso foi isso que Ele determinou para mim.
Já quase não se vê o caixão. Um pouco mais de terra e ficarei alguns metros sepultado, voltando para o Deus de onde viemos todos, para o pó.
Minha mãe está um pouco mais calma, creio que porque já não existam mais lágrimas em seus olhos porque já chorara todas. Meu pai e minha irmã apenas olham tristes, e muito tristes acomodam as as coroas sobre o montinho de terra que se formou sobre mim. Elisa pediu para escrever meu epitáfio, que ficará sobre a lápide quando se cumprir o prazo suficiente para instalá-la.
As pessoas pouco a pouco começam a ir embora, despedindo-se dos meus pais, que ainda não saem dali. Minha mãe ajeita perfeitamente todas as flores que ali se encontram. - “O túmulo do meu bebê tem que ser o mais lindo” - disse, em meio à sua tristeza.
O céu está nublado e começam a cair as primeiras gotas de chuva. Agora sim, meus pais e minha irmã decidem irem juntos para casa.
E eu continuo aqui, aguardando a ordem para ir a não sei onde.
Começo a sentir que estou fraco novamente. Posso ver uma luz que se interpõe em meu caminho e me convida a segui-la. É o momento da verdade, penso. Agora acho que vou ver Deus. Começo a caminhar e noto o trajeto repleto das mais lindas flores. Há uma grande variedade delas, todas brilhantes. Sinto que estou voando.
E vou. Agora serei um anjo do Senhor. Já não me dói ser humano. Estou aprendendo a gostar da minha nova condição de vida. Não seguirei mais lamentando mais por ter deixado a terra, pois todos algum dia terão que fazê-lo, o caso é que alguns se adiantam no caminho.
Entro no paraíso. Isto não posso contar. Deus me disse que é um segredo que somente poderão conhecer quando estiverem com Ele. Só posso dizer que é maravilhoso. O paraíso existe, de verdade, eu comprovei. Nos vemos por lá.
quarta-feira, 21 de abril de 2010
O cheiro do eugenol
Laura acordou assustada, pois dormira o dia inteiro. Eram dezoito e quinze. Olhou-se no espelho e viu seus dentes amarelados, tortos e feios, seu rosto pálido e sua pele fosca. Pensou que era hora de mudar, então colocou um vestido preto, um chapéu, mesmo sendo de noite, um scarpin da mesma cor e saiu de casa.
Ia andando pela rua, sem destino, até que sentiu cheiro de eugenol e olhou para o lado. Leu a placa de uma loja transformada em consultório: "Dr. Fernando Silva - cirurgião-dentista" e entrou. Conversou com a secretária, uma mocinha muito humilde e simpática, que já estava de saída.
- Boa noite, quero marcar uma consulta com o doutor Fernando.
- Boa noite, mas eu já estava indo embora... não posso ajudá-la depois?
- Não, moça, não posso retornar amanhã. É só marcar.
- Para quando então?
- Para depois de amanhã. O doutor atende até mais tarde? Horário de dezenove horas?
- Hmmmm... atende sim, e tem o horário. Seu nome?
- Laura. Meu nome é Laura.
- Marcado. Agora tenho que ir. Obrigada.
A secretária foi embora, deixando as luzes acesas e sem fechar a loja, pois o dentista ainda estava em atendimento. Laura esperou ainda por mais uns minutos para conseguir vê-lo. Foi quando cessou o barulho do motorzinho vindo de dentro do consultório; ouviram-se vozes lá dentro, então a porta se abre e surgem o paciente e o dentista.
- Obrigado, senhor Pedro. Nós nos encontramos então na quarta que vem.
- Eu que agradeço, doutor. Até quarta!
Laura ficou paralisada ante a beleza do dentista. Fernando tinha cerca de trinta e cinco anos, era alto, forte, tinha os cabelos lisos negros e os olhos castanhos, a pele bronzeada de praia. Usava um cavanhaque que deixava em destaque a sua boca carnuda e seu sorriso largo e muito branco, e seus músculos bem definidos podiam ser percebidos sob sua roupa branca e justa.
- Boa noite, posso ajudá-la?
- B-boa noite... - respondeu Laura, com uma vozinha vacilante e suave, não característica sua.
- Posso ajudá-la? Você quer marcar um horário?
- Eu... eu... eu já marquei... depois de amanhã... dezenove horas...
- Seja bem-vinda então, senhora... - foi sentando-se e anotando.
- Laura. Me chamo Laura.
- Belo nome, é o nome da minha mãe. Então eu a espero aqui na sexta. Bonito chapéu também, faz muito tempo que não vejo alguém usar um.
- Obrigada...
- Agora, se me dá licença, tenho que fechar o consultório. Obrigado por ter vindo.
- Até sexta...
Laura foi saindo devagar, hipnotizada. Tinha certeza de que seu tratamento seria inesquecível. Continuou andando sem destino pela rua, observando os carros, as pessoas, os prédios, sem tirar seu chapéu.
Na sexta-feira, compareceu pontualmente à consulta. A mesma cena da semana anterior, a secretária sempre a sair correndo, e o dentista finalizando o atendimento em outro paciente. Fernando convidou-a a entrar, solicitou que sentasse na cadeira e, para ser simpático, perguntou sobre o chapéu.
- Não é sempre que uso, - respondeu Laura, sem olhar para ele. - só quando acho que não estou tão bonita para aparecer para os outros.
- Mas você é tão bonita! Não precisa se esconder!
Realmente a pele de Laura estava com um efeito diferente do da semana anterior. Parecia mais bonita e firme do que aquilo que vira ao espelho, sem marcas, sem rugas. Ela era até uma moça bonita, sedutora, mas não se cuidava muito, e saía somente à noite, para que ninguém visse seu rosto quando estivesse de mau humor. Agradeceu a gentileza do dentista e foi respondendo monossilabicamente às perguntas que ele fazia.
- Então, vamos fazer uma avaliação mais objetiva?
- O quê? - Laura divagava em pensamentos bem longe dali.
- Pode abrir a boca.
- Ah... sim...
Permitiu, então, que Fernando observasse seus dentes um a um. Ele encontrou algumas cáries pequenas e logo propôs o tratamento. Ficaria em tantos reais, poderia parcelar em tantas vezes, poderia dar-lhe de cortesia uma limpeza. Laura somente escutava e nem prestava muita atenção, foi concordando com tudo e marcando logo uma nova sessão, sempre às dezenove horas.
Fernando começou a interessar-se por Laura. Era sempre a última paciente da sexta-feira, poderia aproveitar um dia e convidá-la para um drink após o expediente. Ele era solteiro, o máximo que poderia acontecer era tomar um "não" da moça. Mas guardou seus pensamentos, afinal, não queria perder a cliente, e muito menos ter problemas com o Conselho de Odontologia. Ia divagando nisso, até que ela chegou para mais uma consulta.
Engraçado, parecia que Laura lera os pensamentos dele. Começou a observá-lo com mais critério, analisar os músculos sob a blusa branca, as mãos grandes e delicadas que encostavam em seu rosto. Não o olhava nunca diretamente nos olhos, não podia, e nem queria que ele percebesse que ela o desejava. Tirava o chapéu durante a consulta porque realmente tinha que tirar, por ela ficaria ali, tapando o rosto, para não se deixar hipnotizar por ele. Mas foi impossível resistir. Ao final da sessão, Fernando virou-se de costas para ela, a fim de guardar alguns materiais e dispensar os restos de amálgama. Neste momento, Laura levantou-se e, ainda sentada na cadeira, passou a mão por seu ombro e pescoço, arranhando-lhe de leve com as unhas cor de vinho.
O dentista não resistiu à investida. Já ia aproveitar o momento para fazer-lhe o convite que lhe viera à cabeça uma hora atrás, mas Laura tocou-lhe os lábios com o dedo indicador, como se dissesse que não queria ouvi-lo. Beijou-lhe o pescoço, passou as mãos por todo o seu corpo. Fernando correspondia às carícias e deixou-se levar pelo impulso. Problemas com o Conselho? Nem se lembrava mais.
A moça não perdeu tempo. Foi logo partindo para a área que lhe interessava. Abriu-lhe o zíper da calça e sentiu a máxima excitação do dentista. Retirou-lhe a calça e a cueca e iniciou nele uma sessão de sexo oral tão frenética que Fernando quase ficou louco. Ele gemia, gritava, puxava os cabelos de Laura, como se pedisse mais. E quanto mais fazia isso, mais forte ficava o ritmo que a moça imprimia, ela se excitava ainda mais. E foi sugando-lhe até que ele atingiu um orgasmo. O melhor e mais intenso de toda a sua vida.
Laura queria mais, e não parou, mesmo estando o dentista com a sensibilidade à flor da pele. Não deu tempo para que ele se recuperasse. Continuou o sexo, e foi sorvendo-lhe o esperma, até que Fernando começou a sentir dor. E quanto mais ele tentava retirá-la dali, mais ela o sugava. E sugava, sugava, sugava, e, enfraquecido pela dor e pelo orgasmo recente, não conseguiu ter forças para empurrar a cabeça de Laura. Caiu ao chão e ela continuou até que conseguiu sangue. Por fim, rasgou-lhe o membro com os dentes; subiu ao seu pescoço e ali também os cravou. Abriu-lhe as entranhas e deglutiu tudo o que podia. Mastigou seu coração com a alegria de quem prova um churrasco após uma quaresma de sacrifício. Foi embora, deixando o corpo inerte jogado ao lado da cadeira, fechando a porta do consultório e apagando a luz.
Laura, então, pôs o chapéu na cabeça, e saiu caminhando pela rua, sem destino. Observava as pessoas, os automóveis, as construções. Ia despreocupada, até que olhou para o lado quando sentiu cheiro de eugenol.
quarta-feira, 10 de março de 2010
Aline
Ele me procurava incessantemente, com aquela carinha de menino tímido e aquele sorrisinho de canto de boca que derrete qualquer mulher. Parado do outro lado da avenida, sob a luz da Lua, contemplava meu corpo e o meu rosto etéreo. Fiz um sinal com a mão, chamando-o, e ele veio. Bastou isso para que ele chegasse bem perto, de forma que pude sentir seu perfume misturado ao suor da corrida.
Puxei-o pela mão e seguimos para uma boate. Eu queria dançar até me acabar. As luzes ritmadas, a fumaça do gelo seco, tudo me deixava feliz. Girava na pista e, num joguinho gostoso, deixava com que meu cabelo se esvoaçasse e batesse de leve no rosto dele. Toquei-lhe as mãos e pedi para comigo dançar, para que eu pudesse, enfim, sentir seu inebriante perfume mais de perto. Convidei-o para dar uma volta, tomar um ar. Ele quis pegar o carro, mas não deixei, preferia ir a pé. O som de The 69 Eyes, então, foi ficando longe enquanto caminhávamos.
Por um momento parei, e contemplei o seu rosto. Encostei-o num poste e beijei-o sofregamente, queria mostrar-lhe tudo o que eu queria, que me inundasse com seu desejo. Deslizei minhas unhas cor de sangue por seu pescoço e passei por seu corpo ainda suado da dança. Desci-lhe o zíper da calça e o beijei. Provoquei. Fiz tudo o que sabia que ele gostava, olhando no fundo de seus olhos. Queria vê-lo com a respiração ofegante, com o cheiro da paixão transpassando todos os poros. Era perfeito, eu fogosa e ele hipnotizado.
Ele se perdeu em meu gesto de carinho e finalmente esqueceu-se de que estava na rua. E como era belo, como me tentava! Meus movimentos iam ficando cada vez mais fortes, e o que eu queria mesmo era que ele fizesse amor comigo ali mesmo. Ele me procurava tão incessantemente, e eu queria e podia dar a ele o melhor que já tivera. E podia responder-lhe à altura.
Toquei seus cabelos na nuca, e pedi-lhe, sem palavras, que me desse o melhor sexo que já dera a alguém. Ele soube ler meus olhos, meus lábios e meus dedos. Com sua delicadeza, levantou meu vestido e afastou minha pequena calcinha lilás, escolhida especialmente para ele. Apoiei-me no poste, de costas para ele, e pedi que me penetrasse. Sussurrei e gemi baixinho a cada movimento, e arrepiava a cada vez que ele me puxava para perto de seu corpo.
Quando terminamos, senti que quem me contemplava agora era ele, num misto de ternura e inocência. Eu sabia que o tinha encantado.
À aurora eu precisava me despedir. Sentia pesar em deixá-lo, mas preparei-lhe todo o caminho, sabia que ele ficaria feliz por tudo que eu fizera. Preferi deixá-lo sozinho quando ele me disse algumas doces palavras, dei-lhe um beijo e não quis que ele me acompanhasse até a saída.
Também não deixei com que ele percebesse que no momento em que o chamei do outro lado da avenida um baque surdo se fez ouvir. Seu corpo fora abalroado e atirado a metros de distância por um veículo sob o comando de um ébrio. Ele se olhava no ataúde, e eu não quis saber se ele se achava bonito ali, apenas quis despedir-me com um terno beijo. E assim fiz.
Meus olhos se encheram de lágrimas. Ele chamou meu sorriso de "Aline".
* Baseado no conto "Teu sorriso se chama Aline", de M. D. Amado.
Puxei-o pela mão e seguimos para uma boate. Eu queria dançar até me acabar. As luzes ritmadas, a fumaça do gelo seco, tudo me deixava feliz. Girava na pista e, num joguinho gostoso, deixava com que meu cabelo se esvoaçasse e batesse de leve no rosto dele. Toquei-lhe as mãos e pedi para comigo dançar, para que eu pudesse, enfim, sentir seu inebriante perfume mais de perto. Convidei-o para dar uma volta, tomar um ar. Ele quis pegar o carro, mas não deixei, preferia ir a pé. O som de The 69 Eyes, então, foi ficando longe enquanto caminhávamos.
Por um momento parei, e contemplei o seu rosto. Encostei-o num poste e beijei-o sofregamente, queria mostrar-lhe tudo o que eu queria, que me inundasse com seu desejo. Deslizei minhas unhas cor de sangue por seu pescoço e passei por seu corpo ainda suado da dança. Desci-lhe o zíper da calça e o beijei. Provoquei. Fiz tudo o que sabia que ele gostava, olhando no fundo de seus olhos. Queria vê-lo com a respiração ofegante, com o cheiro da paixão transpassando todos os poros. Era perfeito, eu fogosa e ele hipnotizado.
Ele se perdeu em meu gesto de carinho e finalmente esqueceu-se de que estava na rua. E como era belo, como me tentava! Meus movimentos iam ficando cada vez mais fortes, e o que eu queria mesmo era que ele fizesse amor comigo ali mesmo. Ele me procurava tão incessantemente, e eu queria e podia dar a ele o melhor que já tivera. E podia responder-lhe à altura.
Toquei seus cabelos na nuca, e pedi-lhe, sem palavras, que me desse o melhor sexo que já dera a alguém. Ele soube ler meus olhos, meus lábios e meus dedos. Com sua delicadeza, levantou meu vestido e afastou minha pequena calcinha lilás, escolhida especialmente para ele. Apoiei-me no poste, de costas para ele, e pedi que me penetrasse. Sussurrei e gemi baixinho a cada movimento, e arrepiava a cada vez que ele me puxava para perto de seu corpo.
Quando terminamos, senti que quem me contemplava agora era ele, num misto de ternura e inocência. Eu sabia que o tinha encantado.
À aurora eu precisava me despedir. Sentia pesar em deixá-lo, mas preparei-lhe todo o caminho, sabia que ele ficaria feliz por tudo que eu fizera. Preferi deixá-lo sozinho quando ele me disse algumas doces palavras, dei-lhe um beijo e não quis que ele me acompanhasse até a saída.
Também não deixei com que ele percebesse que no momento em que o chamei do outro lado da avenida um baque surdo se fez ouvir. Seu corpo fora abalroado e atirado a metros de distância por um veículo sob o comando de um ébrio. Ele se olhava no ataúde, e eu não quis saber se ele se achava bonito ali, apenas quis despedir-me com um terno beijo. E assim fiz.
Meus olhos se encheram de lágrimas. Ele chamou meu sorriso de "Aline".
* Baseado no conto "Teu sorriso se chama Aline", de M. D. Amado.
segunda-feira, 15 de fevereiro de 2010
Requiem aeternam
Lux aeterna luceat eis, Domine:
Cum Sanctus tuis in aeternum: quia pius es.
Requiem aeternam dona eis. Domine: et lux
perpetua luceat eis. Cum Sanctis tuis in
aeternum: quia pius es.
Com a força elevada da voz e do espírito, o coral do maestro Ricardo finalizava mais uma apresentação. Era o Réquiem de Mozart, ensaiado para ser apresentado no dia primeiro de novembro, véspera de Finados. Radiantemente feliz pelo dever muito bem cumprido estava o naipe de contraltos, com suas componentes, agregadas e outras moças que estudaram, mas que não puderam participar do espetáculo. A mais feliz delas era Cristina. Depois de permanecer dez anos no soprano, finalmente encontrara sua voz e seu destino, e aquele era o segundo trabalho de grande porte que apresentava.
Junto de Cristina estavam, além das contraltos, Gilberto, namorado dela, o amigo tenor Tiago e uma amiga que não tinha participado da apresentação, Marina. Conversavam animadamente e estavam planejando um almoço em conjunto, para brindar ao sucesso e àquele belo dia de sol. Neste momento, a soprano solista aproximou-se para cumprimentar Cristina e a distraiu da conversa com o grupo. Gilberto, então, aproveitou-se da distração da namorada e disse qualquer coisa a Tiago e Marina, e saiu andando. Cristina pediu para que esperasse um pouco, e ele tocou-a no ombro e delicadamente a retirou do recinto.
Marina não participara da apresentação porque estava atribulada com muitas atividades. Era funcionária de um banco e estudava engenharia. Além disso, lutava há muitos anos contra um câncer, e isso a deixava um tanto quanto debilitada para participar com constância de todas os ensaios, apresentações e até mesmo dos compromissos de trabalho e estudo. Mesmo assim, não deixava de prestigiar os amigos e, por ser contralto, nutria um carinho especial pelas colegas de naipe. Muitas delas amigas, aquelas que estavam com ela a todo momento. Elas sabiam que deveriam aproveitar ao máximo a presença de Marina.
Numa tarde de sexta-feira, vinte dias após a apresentação, Cristina lia seus e-mails e conversava animadamente com seus colegas de trabalho. De repente, algo endereçado ao coral calou a alegria da moça: o maestro Ricardo acabava de comunicar o falecimento de Marina. Cristina, acostumada às risadas e o bom humor da colega, chorou. Ligou para o maestro, que pediu para comunicar a outros membros. Tiago, mesmo inconsolável, conseguiu contar a Cristina a agradabilíssima tarde que todos do coral haviam passado juntos após a apresentação do Réquiem. Aproveitaram ao máximo a presença de Marina, e Cristina não estava lá.
Não acreditando que não fora convidada para este almoço, Cristina perguntou se aquilo fora combinado previamente, e questionando não ter sido convidada ou comunicada. Tiago respondeu que Gilberto foi quem recusou o convite e, achando que tal opinião também traduziria a de Cristina, não insistiu. E tinha certeza de que Gilberto o odiava, e não queria ver a namorada perto do amigo, por isso fizera aquilo.
Lágrimas amargas inundaram o rosto de Cristina.
Alguns dias após a morte de Marina, o maestro convidou os coristas para uma gravação numa rede de televisão. Era a chance que há muito esperavam. Na sala do coral, muitos risinhos, alegria e mais um motivo para a confraternização; e, para variar, Gilberto sempre atrás de Cristina, que já não estava muito bem com ele desde que soubera que ele a privara de estar uma última vez com Marina. Conversavam todos, até que Tiago surge atrás de Gilberto, e faz-lhes o convite:
- Hoje está pedindo um chope!
- Vamos chamar a todos? - pergunta Cristina.
Gilberto interrompe nervosamente a conversa:
- Para onde?
- Para o inferno, Gilberto! PARA O INFERNO! - e saiu, batendo a porta atrás de si, sob o olhar atônito de todos.
No caminho até o carro, o ciumento rapaz dizia o quanto achava Tiago insuportável e inconveniente, devido às suas supostas investidas em relação a Cristina. Ela, revoltada e magoada, bradava-lhe que a deixasse em paz, e que por favor emprestasse por alguns instantes a chave do carro, para que pudesse retirar suas coisas do porta-malas. Gilberto fez-se de desentendido, entrou no carro, abriu os vidros, pediu para que ela o acompanhasse, deu a partida, mas ela somente pedia suas coisas. Ele fechou os vidros, e ela batia com força para que ele abrisse. Deu a volta no carro, batendo então no vidro do passageiro. Ele abriu a porta e disse:
- Entre, Cristina. Precisamos conversar.
- Conversar o escambau! Eu quero as minhas coisas agora!! - dizendo isso, mergulhou dentro do veículo e tirou-lhe a chave da ignição. Nisso, bateu a canela na porta, o que rendeu-lhe um corte e um enorme inchaço. Saiu do veículo e abriu o porta-malas, retirando de lá todas as suas partituras, seus livros e as malas que tinha feito para passar o fim de semana com ele.
Jogou a chave no chão e desceu a avenida a pé, sendo acompanhada de longe por Sérgio, um dos tenores. Quando percebeu que Gilberto já havia se afastado, aproximou-se de Cristina e ofereceu-lhe ajuda para carregar as coisas e acompanhá-la até o ponto de ônibus. Ouviu suas queixas e também achava injusta a forma como Gilberto tratava Tiago, que nunca lhe fizera nada e nem tivera algo com Cristina.
Alguns minutos depois, Gilberto deu a volta no quarteirão. Chamou pela namorada e, ignorando por completo a presença de Sérgio, pegou-a pelo braço, colocou-a no carro e pediu para que conversassem. Ela fez questão de despedir-se antes do amigo, agradeceu-lhe o carinho e seguiu com o namorado.
No caminho, a truculência de Gilberto parecia infindável. Berrava com Cristina, e chegou ao ápice da estupidez quando disse que era com Tiago que ela passava as noites em que ela não atendia ao celular. A moça não pensou duas vezes: meteu a mão no volante e girou. O carro rodopiou e bateu, do lado do motorista, num poste, a 120 km/h. Cristina, atordoada com o choque, olhou para o namorado: o crânio esmigalhado pelo poste e os olhos baços da morte. Aliviada, disse apenas:
- Requiem aeternam, Gilberto!!
Cum Sanctus tuis in aeternum: quia pius es.
Requiem aeternam dona eis. Domine: et lux
perpetua luceat eis. Cum Sanctis tuis in
aeternum: quia pius es.
Com a força elevada da voz e do espírito, o coral do maestro Ricardo finalizava mais uma apresentação. Era o Réquiem de Mozart, ensaiado para ser apresentado no dia primeiro de novembro, véspera de Finados. Radiantemente feliz pelo dever muito bem cumprido estava o naipe de contraltos, com suas componentes, agregadas e outras moças que estudaram, mas que não puderam participar do espetáculo. A mais feliz delas era Cristina. Depois de permanecer dez anos no soprano, finalmente encontrara sua voz e seu destino, e aquele era o segundo trabalho de grande porte que apresentava.
Junto de Cristina estavam, além das contraltos, Gilberto, namorado dela, o amigo tenor Tiago e uma amiga que não tinha participado da apresentação, Marina. Conversavam animadamente e estavam planejando um almoço em conjunto, para brindar ao sucesso e àquele belo dia de sol. Neste momento, a soprano solista aproximou-se para cumprimentar Cristina e a distraiu da conversa com o grupo. Gilberto, então, aproveitou-se da distração da namorada e disse qualquer coisa a Tiago e Marina, e saiu andando. Cristina pediu para que esperasse um pouco, e ele tocou-a no ombro e delicadamente a retirou do recinto.
Marina não participara da apresentação porque estava atribulada com muitas atividades. Era funcionária de um banco e estudava engenharia. Além disso, lutava há muitos anos contra um câncer, e isso a deixava um tanto quanto debilitada para participar com constância de todas os ensaios, apresentações e até mesmo dos compromissos de trabalho e estudo. Mesmo assim, não deixava de prestigiar os amigos e, por ser contralto, nutria um carinho especial pelas colegas de naipe. Muitas delas amigas, aquelas que estavam com ela a todo momento. Elas sabiam que deveriam aproveitar ao máximo a presença de Marina.
Numa tarde de sexta-feira, vinte dias após a apresentação, Cristina lia seus e-mails e conversava animadamente com seus colegas de trabalho. De repente, algo endereçado ao coral calou a alegria da moça: o maestro Ricardo acabava de comunicar o falecimento de Marina. Cristina, acostumada às risadas e o bom humor da colega, chorou. Ligou para o maestro, que pediu para comunicar a outros membros. Tiago, mesmo inconsolável, conseguiu contar a Cristina a agradabilíssima tarde que todos do coral haviam passado juntos após a apresentação do Réquiem. Aproveitaram ao máximo a presença de Marina, e Cristina não estava lá.
Não acreditando que não fora convidada para este almoço, Cristina perguntou se aquilo fora combinado previamente, e questionando não ter sido convidada ou comunicada. Tiago respondeu que Gilberto foi quem recusou o convite e, achando que tal opinião também traduziria a de Cristina, não insistiu. E tinha certeza de que Gilberto o odiava, e não queria ver a namorada perto do amigo, por isso fizera aquilo.
Lágrimas amargas inundaram o rosto de Cristina.
Alguns dias após a morte de Marina, o maestro convidou os coristas para uma gravação numa rede de televisão. Era a chance que há muito esperavam. Na sala do coral, muitos risinhos, alegria e mais um motivo para a confraternização; e, para variar, Gilberto sempre atrás de Cristina, que já não estava muito bem com ele desde que soubera que ele a privara de estar uma última vez com Marina. Conversavam todos, até que Tiago surge atrás de Gilberto, e faz-lhes o convite:
- Hoje está pedindo um chope!
- Vamos chamar a todos? - pergunta Cristina.
Gilberto interrompe nervosamente a conversa:
- Para onde?
- Para o inferno, Gilberto! PARA O INFERNO! - e saiu, batendo a porta atrás de si, sob o olhar atônito de todos.
No caminho até o carro, o ciumento rapaz dizia o quanto achava Tiago insuportável e inconveniente, devido às suas supostas investidas em relação a Cristina. Ela, revoltada e magoada, bradava-lhe que a deixasse em paz, e que por favor emprestasse por alguns instantes a chave do carro, para que pudesse retirar suas coisas do porta-malas. Gilberto fez-se de desentendido, entrou no carro, abriu os vidros, pediu para que ela o acompanhasse, deu a partida, mas ela somente pedia suas coisas. Ele fechou os vidros, e ela batia com força para que ele abrisse. Deu a volta no carro, batendo então no vidro do passageiro. Ele abriu a porta e disse:
- Entre, Cristina. Precisamos conversar.
- Conversar o escambau! Eu quero as minhas coisas agora!! - dizendo isso, mergulhou dentro do veículo e tirou-lhe a chave da ignição. Nisso, bateu a canela na porta, o que rendeu-lhe um corte e um enorme inchaço. Saiu do veículo e abriu o porta-malas, retirando de lá todas as suas partituras, seus livros e as malas que tinha feito para passar o fim de semana com ele.
Jogou a chave no chão e desceu a avenida a pé, sendo acompanhada de longe por Sérgio, um dos tenores. Quando percebeu que Gilberto já havia se afastado, aproximou-se de Cristina e ofereceu-lhe ajuda para carregar as coisas e acompanhá-la até o ponto de ônibus. Ouviu suas queixas e também achava injusta a forma como Gilberto tratava Tiago, que nunca lhe fizera nada e nem tivera algo com Cristina.
Alguns minutos depois, Gilberto deu a volta no quarteirão. Chamou pela namorada e, ignorando por completo a presença de Sérgio, pegou-a pelo braço, colocou-a no carro e pediu para que conversassem. Ela fez questão de despedir-se antes do amigo, agradeceu-lhe o carinho e seguiu com o namorado.
No caminho, a truculência de Gilberto parecia infindável. Berrava com Cristina, e chegou ao ápice da estupidez quando disse que era com Tiago que ela passava as noites em que ela não atendia ao celular. A moça não pensou duas vezes: meteu a mão no volante e girou. O carro rodopiou e bateu, do lado do motorista, num poste, a 120 km/h. Cristina, atordoada com o choque, olhou para o namorado: o crânio esmigalhado pelo poste e os olhos baços da morte. Aliviada, disse apenas:
- Requiem aeternam, Gilberto!!
domingo, 3 de janeiro de 2010
Tortura
O casal ria e conversava animadamente. Estavam no apartamento da irmã da esposa, comemorando o aniversário do cunhado.
Todos comeram e beberam muito e, por isso, a irmã não os deixou voltarem para casa, e ofereceu-lhes um quarto para passarem a noite. Fora realmente uma decisão acertada, pois o esposo não estava com o menor reflexo, especialmente para pilotar uma motocicleta. O cunhado o ajudou a guardá-la na garagem e novamente subiram ao apartamento.
A irmã preparou-lhes a cama de que dispunha: estendeu um lençol num colchão de solteiro que colocou no chão, pôs ao lado um edredon e dois travesseiros macios. Como a porta era de vidro, tomou o cuidado de cobri-la para que, caso o fogo do álcool se transformasse em "fogo na roupa", os dois tivessem a privacidade respeitada. A irmã e o cunhado despediram-se e foram dormir.
O casal ajoelha-se no colchão para tirarem as roupas, que cheiravam a cigarro. Mal se olharam e o desejo provocou-lhes. Beijaram-se ardorosamente, e fizeram amor como nunca, tomando o cuidado de sufocarem seus gritos de prazer com os macios travesseiros que a irmã lhes emprestara. Adormeceram.
Lá pelas três da manhã, a esposa acorda incomodada com as reações de seu intestino à quantidade de gordura consumida. Tentava levantar-se para ir ao banheiro e, nesse instante, o esposo acordou. Ele a abraçava e não a deixava se levantar, querendo outra sessão de amor. A esposa, irritada, falou que não queria mais, porque estava passando mal, e o esposo ficou transtornado. Começou então a torturá-la, beliscando-a e dizendo que não gritasse. Falava que ela o usara para ir à casa da irmã e que se era para fazer desse jeito, que não o chamasse mais, que ela poderia muito bem ir de ônibus. Puxava-lhe os cabelos e sufocava seus gritos com o travesseiro, apertava-lhe os mamilos, mordia-lhe os braços.
A esposa tentava justificar-se, dizendo que o amava, mas que de toda forma seria impossível fazerem amor com ela passando mal, que não o havia usado, não havia necessidade daquilo, já que ambos dispunham de carro e ela tinha habilitação. Cada vez mais sofrendo com a tortura, seu choro transformara-se num fio de voz, pedindo pelo amor de Deus para que o marido parasse.
Ao que parece, Deus ouviu suas preces, e ele levantou-se para urinar. Ao chegar ao banheiro, estranhou uma certa quantidade de esperma ressequido em sua virilha, mas ainda assim voltou para torturar a esposa. Mais cobranças, mais tortura... por fim, ela, percebendo que ele, por estar bêbado, não se lembrava do amor que haviam feito, diz, desesperada, somente articulando as consoantes:
- Me cheiraaaaa! Me cheiraaaaaaaaaa!
Ele não cheirou, mas conseguiu ligar o que a esposa pedia ao fato de ter encontrado o esperma em sua virilha. Seus olhos claros tornaram-se negros, tamanha fora a dilatação de suas pupilas. Pediu perdão de todas as formas a ela, que chorava compulsivamente sobre os travesseiros. Arrependido, acolheu-se num canto e lá permaneceu até o amanhecer. A esposa adormeceu.
De manhã, novamente pediu perdão à esposa e quis deitar-se ao seu lado. Ela consentiu e, com o abraço, ele teve vontade de amá-la de novo. A contragosto, permitiu que a penetrasse, sentindo-se uma prostituta por estar sujeitando-se àquele estupro da alma. Vestiram-se, tomaram café com a irmã e o cunhado e voltaram para casa.
Mais tarde, enquanto ela preparava calada o almoço, o marido não parava de lhe pedir perdão pelo que lhe fizera durante a madrugada. Ela o serviu e almoçaram em silêncio. Enquanto comia, sua visão se turvava, e não sabia se era pelas lágrimas. Também sentiu calafrios e um revertério no estômago. Dizia à esposa:
- Querida, eu quero morrer pelo que fiz a você! Me perdoe!
Ela, sem proferir uma palavra, apenas olhava sorrindo para o tubo de chumbinho em cima da pia.
Todos comeram e beberam muito e, por isso, a irmã não os deixou voltarem para casa, e ofereceu-lhes um quarto para passarem a noite. Fora realmente uma decisão acertada, pois o esposo não estava com o menor reflexo, especialmente para pilotar uma motocicleta. O cunhado o ajudou a guardá-la na garagem e novamente subiram ao apartamento.
A irmã preparou-lhes a cama de que dispunha: estendeu um lençol num colchão de solteiro que colocou no chão, pôs ao lado um edredon e dois travesseiros macios. Como a porta era de vidro, tomou o cuidado de cobri-la para que, caso o fogo do álcool se transformasse em "fogo na roupa", os dois tivessem a privacidade respeitada. A irmã e o cunhado despediram-se e foram dormir.
O casal ajoelha-se no colchão para tirarem as roupas, que cheiravam a cigarro. Mal se olharam e o desejo provocou-lhes. Beijaram-se ardorosamente, e fizeram amor como nunca, tomando o cuidado de sufocarem seus gritos de prazer com os macios travesseiros que a irmã lhes emprestara. Adormeceram.
Lá pelas três da manhã, a esposa acorda incomodada com as reações de seu intestino à quantidade de gordura consumida. Tentava levantar-se para ir ao banheiro e, nesse instante, o esposo acordou. Ele a abraçava e não a deixava se levantar, querendo outra sessão de amor. A esposa, irritada, falou que não queria mais, porque estava passando mal, e o esposo ficou transtornado. Começou então a torturá-la, beliscando-a e dizendo que não gritasse. Falava que ela o usara para ir à casa da irmã e que se era para fazer desse jeito, que não o chamasse mais, que ela poderia muito bem ir de ônibus. Puxava-lhe os cabelos e sufocava seus gritos com o travesseiro, apertava-lhe os mamilos, mordia-lhe os braços.
A esposa tentava justificar-se, dizendo que o amava, mas que de toda forma seria impossível fazerem amor com ela passando mal, que não o havia usado, não havia necessidade daquilo, já que ambos dispunham de carro e ela tinha habilitação. Cada vez mais sofrendo com a tortura, seu choro transformara-se num fio de voz, pedindo pelo amor de Deus para que o marido parasse.
Ao que parece, Deus ouviu suas preces, e ele levantou-se para urinar. Ao chegar ao banheiro, estranhou uma certa quantidade de esperma ressequido em sua virilha, mas ainda assim voltou para torturar a esposa. Mais cobranças, mais tortura... por fim, ela, percebendo que ele, por estar bêbado, não se lembrava do amor que haviam feito, diz, desesperada, somente articulando as consoantes:
- Me cheiraaaaa! Me cheiraaaaaaaaaa!
Ele não cheirou, mas conseguiu ligar o que a esposa pedia ao fato de ter encontrado o esperma em sua virilha. Seus olhos claros tornaram-se negros, tamanha fora a dilatação de suas pupilas. Pediu perdão de todas as formas a ela, que chorava compulsivamente sobre os travesseiros. Arrependido, acolheu-se num canto e lá permaneceu até o amanhecer. A esposa adormeceu.
De manhã, novamente pediu perdão à esposa e quis deitar-se ao seu lado. Ela consentiu e, com o abraço, ele teve vontade de amá-la de novo. A contragosto, permitiu que a penetrasse, sentindo-se uma prostituta por estar sujeitando-se àquele estupro da alma. Vestiram-se, tomaram café com a irmã e o cunhado e voltaram para casa.
Mais tarde, enquanto ela preparava calada o almoço, o marido não parava de lhe pedir perdão pelo que lhe fizera durante a madrugada. Ela o serviu e almoçaram em silêncio. Enquanto comia, sua visão se turvava, e não sabia se era pelas lágrimas. Também sentiu calafrios e um revertério no estômago. Dizia à esposa:
- Querida, eu quero morrer pelo que fiz a você! Me perdoe!
Ela, sem proferir uma palavra, apenas olhava sorrindo para o tubo de chumbinho em cima da pia.
sexta-feira, 1 de janeiro de 2010
Paranoia
Durante o dia havia brigado com a esposa porque um sujeito num veículo prata a cumprimentara. Era um conhecido de anos, mesmo assim ela nem se lembrava qual o nome do rapaz.
Ele foi para o trabalho, imaginando a cena em que porventura a esposa teria conhecido o moço, se tivera algo com ele no passado, se fora um caso de adolescência. Fato é que, na cabeça dele, a esposa tinha um caso, e ele provaria.
Ao chegar à esquina de casa, tarde da noite, vira um carro, do mesmo modelo daquele do rapaz, parado à porta. Não era prata, mas azul marinho. Começou a elocubrar milhares de pensamentos, imaginava o deliciar da esposa nos braços do rapaz do carro prata e, pior, os dois rindo-se do homem traído. Entrou em casa, pé ante pé, e viu a esposa dormindo, e deitou-se ao lado dela. O carro azul continuou parado lá fora.
Como haviam brigado, pensou logo que a esposa ligara para o rapaz, para que tivessem um dia agradável que ele, o marido, não fora capaz de lhe dar. Pensou nas compras que ela fizera com o rapaz do carro prata, no prazer que ela teve durante longas horas com ele, na ânsia com que os dois ardentemente se desejavam, na chacota que ele teria virado na cama dos dois, via-os de mãos dadas na rua, no parque, via o rapaz de amizade com seus filhos, via o rapaz penteando os cabelos da esposa, via o rapaz mandando beijos da janela do automóvel.
Ah, esse rapaz! Ele está tirando o meu sossego!
Acordou e, num rompante de fúria, estrangulou a esposa. Perplexo, arrependido e confuso pelo que havia acabado de cometer, dirigiu-se à cozinha e cravou uma faca no próprio peito.
E lá fora continuou parado o carro azul...
Ele foi para o trabalho, imaginando a cena em que porventura a esposa teria conhecido o moço, se tivera algo com ele no passado, se fora um caso de adolescência. Fato é que, na cabeça dele, a esposa tinha um caso, e ele provaria.
Ao chegar à esquina de casa, tarde da noite, vira um carro, do mesmo modelo daquele do rapaz, parado à porta. Não era prata, mas azul marinho. Começou a elocubrar milhares de pensamentos, imaginava o deliciar da esposa nos braços do rapaz do carro prata e, pior, os dois rindo-se do homem traído. Entrou em casa, pé ante pé, e viu a esposa dormindo, e deitou-se ao lado dela. O carro azul continuou parado lá fora.
Como haviam brigado, pensou logo que a esposa ligara para o rapaz, para que tivessem um dia agradável que ele, o marido, não fora capaz de lhe dar. Pensou nas compras que ela fizera com o rapaz do carro prata, no prazer que ela teve durante longas horas com ele, na ânsia com que os dois ardentemente se desejavam, na chacota que ele teria virado na cama dos dois, via-os de mãos dadas na rua, no parque, via o rapaz de amizade com seus filhos, via o rapaz penteando os cabelos da esposa, via o rapaz mandando beijos da janela do automóvel.
Ah, esse rapaz! Ele está tirando o meu sossego!
Acordou e, num rompante de fúria, estrangulou a esposa. Perplexo, arrependido e confuso pelo que havia acabado de cometer, dirigiu-se à cozinha e cravou uma faca no próprio peito.
E lá fora continuou parado o carro azul...
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